Te perdono y te olvido


Querido enemigo, te diré mientras te aniquilo: te perdono y te olvido. Te perdono y te olvido.
-¿Y entonces nada quedará?- Se preguntó, pero ya era demasiado tarde, porque ya había iniciado, y al hacerlo marcaba que el final estaba cerca.
-Y entonces nada quedará-, se dijo, un poco más consciente de sus actos, pero aún perdido en el arrebato.
-Entonces nada quedará-, salió de sus labios. Sintió que hacía mucho tiempo que no hablaba, como si un milagro hubiera ocurrido, como si la magia hubiera roto un hechizo maligno, pero, era sólo un juego de su mente, porque unos segundos antes había dicho, te perdono y te olvido, en voz baja, casi inaudible, cerca de su oído, pero luego sus labios se cerraron con fuerza, cuando la sangre manó y corrió por su mano y su brazo, cuando sintió el calor del fluido recorrerlo y la ropa pegarse a su piel de manera incómoda.
No tendría que haber dicho nada más, el silencio hubiera sido suficiente, pero la idea se formó, se forzó a salir, rompió el encanto del momento. Entonces se vio, con el cuchillo en la mano, con la sangre en su cuerpo y se dio cuenta que “nada quedará”, cambiaba del futuro al presente en que nada queda, de su enemigo, de él.
Se sentía incompleto, más que eso, vacío y sólo supo repetir: -te perdono y te olvido-.

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