Las mariposas no vuelan de noche - 2
Así que a mover esos huesos,
Sacúdete el fantasma del viejo veneno.
Recordó el
sonido de los
pasos, y el
eco. El sonido
de los pasos
se amplió hasta
el infinito. Se
escucharon unos disparos
que le hicieron
cimbrarse, se detuvo
en el sueño,
sus pensamientos se
detuvieron, sólo pensó
en Israel, que
debía estar detrás
de él pero
no lo estaba,
no recordaba en qué
momento se habían separado.
Otra serie de
disparos, su mente
en el sueño
analizó las explosiones,
-R-15 y 45
especial- se dijo
y siguió -ex militares- los
narcos que no
habían tenido entrenamiento
militar preferían las 44 y
los cuernos de
chivo, los militares
difícilmente dejaban las
armas del ejército.
La parte de
su mente que
no era parte
del sueño, la
que lo veía
como espectador dijo
-y una escopeta-
pero no pudo
pasar la información
a su otro
yo, al que
iba a acabar
como sacrificio. Corrió
a la zona
de los disparos,
no encontró a
Israel, los otros
dos oficiales que
los acompañaban estaban
en desventaja, enfrascados
en la balacera,
uno de ellos
herido. La sangre
del otro, cuando
su cabeza fue
desbaratada por las
balas, llego a
sus pies y le ofreció
su reflejo, el
reflejo de un
condenado al patíbulo,
doblemente condenado porque
habría de vivir
después de la
muerte. Se enfrascó
en la batalla,
logró organizarse con
el oficial que
estaba herido y
causó algunas bajas
a sus oponentes,
pero finalmente se
quedó sólo, el
fuego enemigo acabó
con su compañero,
y entonces escucho
la escopeta, Israel iba
en su ayuda,
los narcos se
dispersaron, -Claudio- escuchó
el grito, -aquí-
contestó, el silenció
se prolongó demasiado
tiempo, y finalmente
fue sustituido por
pasos. Y entonces
se escuchó la
escopeta de nuevo,
una vez, dos
veces.
Claudio se
levantó de la
cama, ligeramente mareado,
un hilo de
sangre seca, delgado
y largo recorría
su brazo. Se
miro en el
espejo y de
inmediato borró la
sonrisa casi idiota
que se había
formado en su rostro. El
reflejo le impactó
un momento, pero
le gustó, le
gustó lo que
veía, la imagen
distorsionada por el
espejo de mala
calidad le convertía
a sus ojos
en un monstruo
humano de facciones
imprecisas, difíciles de delinear o
reconocer. Se dio la vuelta,
había sido cuidadoso
con la heroína,
no quería el
abismo del olvido,
que es el
máximo regalo de
la dormidera, sino
sólo un poco
de tranquilidad, aunque
fuera química, ya
que su cuerpo
se negaba a
descansar. Las sensaciones
vivas habían comprobado
ser más poderosas
que todas las
sensaciones químicas juntas;
y más adictivas.
Sin embargo, la
heroína es siempre
traicionera, y al
parecer había exagerado.
No que le
molestara demasiado, la
tranquilidad vacua, fuerte
pero no saturada,
le dio la
paz necesaria para
dar el siguiente
paso, y mantuvo
a su voz
interior en el
letargo por unas
horas.
Claudio conocía
el funcionamiento de
la policía desde
dentro, pero aun
así se sorprendió
de la poca
información relacionada con
el empresario. Ante
la falta de
pistas iniciales y
el poco interés
de la esposa-trofeo, probablemente
lo hicieron a un lado,
el hombre tenía
dinero, pero no
tanto como para
que su asesinato
espantara a los
hombres del oro,
la plata y
la mirra. Así
que podía sentirse
tranquilo.
Salió a
la calle una
vez que la
noche se posesionó
de la ciudad.
Se había acostumbrado
con rapidez a
la noche, a
vivir a razón
del crepúsculo, pero
ese acomodo no
respondía a ningún
miedo, sino a
que los actos
sórdidos seguían siendo
jurisdicción de la
Luna. Claudio sabía
lo que buscaba,
aunque habían pasado
muchos años, los
hábitos de las
personas, principalmente las
de aquellas con
poca conciencia, cambian
muy lentamente, si
es que cambian,
así que todo
se reducía a dos lugares.
El primer hoyo
de muerte no
le dio lo
que buscaba, sin
embargo no se
decepcionó, la noche
era lo suficientemente larga
y el no
tenía prisa, no
demasiada. Llegó a un callejón,
no había patrullas,
pero el auto que
vio al final
le pareció muy
familiar, y el
llanto apagado lo
fue aún más.
Claudio afinó el
oído, y detuvo
el paso.
El placer
adormece los sentidos,
la satisfacción genera
somnolencia, y la
somnolencia genera descuido.
El niño en
el suelo, en
una posición fetal,
no estaba alerta,
el miedo, el
dolor y la
humillación lo habían
llevado a retraerse
a su interior,
a un punto
obscuro que le
recordara la inexistencia,
que era después de
todo a lo
único que podía
aspirar. El oficial
de policía no
estaba alerta porque
disfrutaba del placer
de lo prohibido,
que es siempre
más fuerte que
el placer de
lo permitido, disfrutaba
con del dominio,
del poder ejercido,
del sometimiento ajeno
y de la
destrucción. El brazo
de Claudio tomándolo
por la cabeza
lo sacó de
ese lugar idílico
con la misma
brutalidad que un
bebe es sacado
del lugar idílico
que es la
tumba matriz. El
cuchillo en la
espalda, a la
altura del corazón
ahogo el grito
retardado que esperaba
escupir, y la
sangre escurriendo por
su cuello tras
ser degollado completó
el ritual que no era
para él, sino
para el niño.
Dejó caer el
cadáver sobre la
víctima, que la
sangre lo bañara,
como a Sigfrido
lo baño la
sangre del dragón,
seguro que el
peso del policía
sería demasiado como
para que se
deshiciera de él
antes de que
terminara su bautismo
de sangre.
Siguió buscando,
el llanto ahogado
le sirvió de
guía. Claudio nunca entendió
porque Israel estaba
cerca de él,
lo entendió menos
después de saber
que era de
los que jugaban
a la cacería
de niños de la calle.
Pero nunca dijo
nada, siempre, pese
a su inmaculada
moral, supo guardar
bien los secretos
de los policías,
lo que generaba
una paradoja que
nunca se molestó
en eliminar. Claudio lo tomó por
la espalda, puso
la pistola en
su cuello -me
vas a decir
donde está Israel-
le dijo al
oído, con voz
apagada, -quién?- iba
a replicar el
policía pero el
golpe que lo
llevó a la
inconsciencia llego antes.
El niño lo
volteó a ver,
con una mirada
perdida, incapaz de
agradecer o temer
más allá de
lo inmediato o
palpable. Claudio lo
mandó al mundo
del Morfeo terrible
sin dignarse a
mirarlo.
Claudio tenía
la mirada perdida
en una parte
de la nave industrial, había
logrado bloquear la voz en
su interior que
no dejaba de
gritar y blasfemar
por la cantidad
de tiempo que
se estaban tomando.
Lo que Claudio
veía, en lo
que se concentraba,
era un misterio,
tal vez incluso
para él. Pero
su permanencia en
el limbo no
lo había hecho
olvidarse del policía,
estaban conectados, sincronizados, y
cuando la consciencia
le llegó, lentamente,
con dolor y
fuertes dosis de
inseguridad y miedo,
Claudio fue participe
de sus sensaciones,
y fue ese
el momento en
que regresó a
la realidad y
se incorporó. Todavía
cubierto por las
tinieblas dijo en
voz alta y audible,
distorsionada por lo
amplio y vacio
del espacio -me
vas a decir
donde está Israel-,
el policía no
reaccionó de inmediato,
escuchó la voz, y los
pasos, todos los
sonidos amplificados por
la soledad y
el abandono, pero
no los registró,
su mente se
encontraba ocupada en
descifrar como había
llegado ahí, y
por qué. Por
la opacidad tétrica
de sus ojos
era claro que
no había encontrado
la respuesta. –Donde
está Israel?- dijo
Claudio, sin entonación
de pregunta, a sus espaldas.
El policía quiso
voltear pero encontró
que su movilidad
estaba muy limitada,
en ese momento
fue consciente de
que se encontraba
sentado y amarrado
por las extremidades
y el cuello.
Claudio se acercó
más, se tomó
un momento para olfatear el
aroma denso y
ácido que desprendía
y le dijo
de nuevo, aunque
ahora enfatizando la
entonación -donde está
Israel?- y antes que
su presa pudiera
responder le mordió
la oreja y
tiro hasta desprenderla,
acto seguido la
escupió al suelo
en el punto
de visión de su víctima
que observó el
trozo de piel
y cartílago ensangrentado, mientras
intentaba contener las
expresiones de miedo
y dolor. Claudio
pasó frente a
él y repitió
la pregunta, con
entonación ambigua, que no por
eso escondía el
objetivo de querer
obtener una respuesta
clara, el policía
contestó un apagado
-no sé de
que hablas- que
se convirtió en un grito
gutural cuando un
machete se estrelló
contra su pierna
y quedó incrustado
en el hueso.
El policía se
contorsionó tanto como
los amarres se
lo permitieron. Claudio
sintió un calosfrío,
intenso y placentero,
el placer del
sufrimiento ajeno.
-Hablaidiotahablaidiota,
dinos dónde está ese animal yaaaaaaaaaa!-
Claudio sonrió por
la febrilidad de
la voz, por
primera vez compartían
el estado de ánimo,
pero él no
podía dejarse llevar
ciegamente por la
emoción. Estaba seguro
que el policía
no iba a
soportar mucho y
no creía necesario
ejercitar una tortura
metódica y científica,
pero tampoco podía
matarlo antes de
obtener algo de
información. –Dónde está?- preguntó
antes de mover
el machete y que el
acero hiciera fricción
contra el hueso,
y volvió a
preguntar -donde está?-
una vez que
la fricción se
había convertido en
dolor en el
cuerpo receptor, la
última pregunta se
unió a la
imitación de la voz -dondestádondestá- y
a los gritos
de dolor que
se multiplicaron por
decenas y luego
por cientos al
expandirse y revotar
contra las paredes,
le dio unos
segundos para reponerse
y responder, pero
al encontrar que
sólo había llanto
sacó el machete
y con un
movimiento elegante le
cortó la mano.
El machete quedó
en la silla
marcando la división
de lo que
antes había estado
unido, y el
policía se volvió
a perder en
el éter de
los condenados. Claudio
sentía una tensión
exquisita, una tensión
que negaba la
fantasía del S&M,
ese constructo burgués
que sugiere que
el sadismo puede
controlarse y que
puede conformarse simplemente
con el dolor.
El sadismo no
se alimenta del
dolor, que bien
administrado puede generar
placer o ser
confundido por tal,
el sadismo se
alimenta de sufrimiento
que es lo
más cercano a
la antítesis de
lo placentero, y
el sufrimiento se
centra en la
conversión del otro
en un objeto,
un objeto que
siente. Los juguetes,
el cuero y
el látex disfrazan
al otro pero
no niegan su
humanidad ni su
existencia, el sadismo,
como condición necesaria,
niega la humanidad
del otro, lo
convierte en un algo y
otorga a uno
el derecho soberano
de regir sobre
su cuerpo y
eventualmente sobre su
vida o muerte,
y es que
todo sádico es
un asesino. Claudio
veía un objeto
que sangraba, que
guardaba en sí
algo que necesitaba,
y para él
no era un
problema ni ameritaba
consideración alguna el
desbaratarlo para obtener
lo que buscaba,
pero la voz,
sorprendentemente, lo hizo
reconsiderar la estrategia
-y si no
sabe?- dijo con
tono de duda
-claro que sabe-
contestó Claudio sintiendo
como el placer
se convertía en
irritación y acompañando
su tono con
un movimiento de
la mano para
finalizar lo que
amenazaba convertirse en
una discusión de
sordos. –Si no
sabe que sabe?-
dijo la voz,
casi con pena.
Claudio guardó silencio
y tuvo reconocer
que tal vez su
insoportable huésped tenía
razón.
El humo
subió con pereza
hasta el techo
y se expandió
por la nave,
llevando la buena
nueva del fuego
a los seres
inferiores que habitaban
el lugar. El
fuego no era
puro y natural,
ese aroma a
madera que viene
a la mente
con la imagen
de una fogata
estaba del todo
ausente, desechos plásticos
eran el principal
alimento de ese
fuego indigno y
los aromas que
se arremolinaban y
formaban la nube
de humo presagiaban
más un infierno
que los placeres
del estío. Claudio
tenía la mirada
centrada en el
metal que iba haciéndose rojo
incandescente, el zumbido
de la voz
le parecía relajante
y se preguntó
si acaso se
estaba acostumbrando a
ella. Cuando el
metal estuvo al
rojo vivo lo
tomó y lo
puso en el
muñón del policía,
este se retorció,
y probablemente en
su incontinencia de
gritos profirió más
de una plegaría
que se perdería
en el humo
tóxico que los
cubría como manto
sombrío. Claudio alejó
el metal del
brazo y aprovechando
que aun estaba
lo suficientemente caliente
lo pasó por la herida
de la pierna.
No encontró reconfortante
el aroma a
carne quemada, pero
tampoco le resultó
desagradable. Tiró el
pedazo de metal,
dio tiempo a
que el eco
de la caída
se dispersara, limpio
con una ternura
morbosa la espuma
que se había
formado en la
boca del policía
y le dijo
con tono tranquilo
y apacible -Israel,
fue policía, eran
amigos, se fue
con el narco-
el policía lo
miro, centró sus
ojos en los
suyos, esperaba encontrar,
complicidad, compasión, empatía,
o simplemente un
poco de humanidad,
como toda víctima
hace si vive
el tiempo suficiente
como para albergar
y desechar esperanzas,
contuvo todo lo que
pudo el -no
sé de que
hablas- pero este
finalmente se abrió
paso por su
garganta, apagado, casi
inaudible, pero claro
para él y
para Claudio que
sin embargo no
apartó su mirada,
-esa no es
la respuesta correcta, dime
donde está y
te vas de
aquí- las lágrimas
nublaron su visión
pero aún así
continuó escrutando sus
ojos, su mente
buscaba algo a
que asirse, alguna
esperanza, una respuesta
complaciente, una oportunidad
de vida, pero
encontraron otra cosa,
una verdad que
no estaban buscando,
y cuando el
aire se volvió
sonido y pasó
por su boca lo que
se escuchó fue
un débil -Boyscout-.
Le costó
unos segundos a
Claudio descifrar sus
sentimientos ante el
descubrimiento del policía.
Separó su mirada
de la de
él, dio una
vuelta al rededor,
se sentía bien.
Si lo había
reconocido entonces era
claro que sabía
a quien buscaba
-sí- contestó con
voz firme Claudio
y le puso
la mano en
el hombro -entonces
sabes quién es
Israel- le dijo
y el policía
asintió con lentitud
pero de manera
enfática; -donde está?-
preguntó por enésima
vez Claudio y
la voz, que
se había retraído
a alguna zona
baldía de su
mente se hizo
presente
-dinosdinosdinosdinosdinosdinos-
repitiendo lo mismo
una y otra
vez, incluso después
que el policía
dijera que no
lo sabía y
gritara histéricamente que
no quería morir.
–Me vas a matar-
grito una y
otra vez, implorando
con su tono
por un destino
distinto, el descubrimiento de
la identidad de
su torturador no
le había dado
ninguna seguridad, si
acaso, había hecho
más fuerte su
incertidumbre pues había
conocido bien al
Boyscout y si
el héroe hecho
a la medida
era capaz de
hacer lo que
le estaba haciendo…
-No te voy
a matar, si
me dices donde
está Israel- dijo con
tono casi paternal,
conteniendo la risa,
considerando que la carcajada
de la voz
valía por ambos
-lo primero que
voy a hacer
es dejarte en
un hospital- agregó
aplicando algo de
presión con su
mano sobre el
hombro de su
reo -se lo
está creyendo!- gritó
la voz –se lo está creyendoseloestácreyendoelmuyidiota- gritó
para explotar en
una carcajada que
casi evita a
Claudio escuchar la
buena nueva -hace
mucho que no
lo veo pero dicen que
va a venir
para una reunión…-
Claudio escuchó con
atención, repitió la
muestra de afectó
consistente en apretar
su hombro -gracias-
dijo y antes
de que las
súplicas del otro
volvieran a iniciar
sacó la pistola
y le desbarató
el cerebro. Imaginó
su imagen, con
manchas de sangre
por todos lados
y se dio
la oportunidad de
perderse en la
ensoñación de la obscuridad
que lo abrazaba,
se había dado
cuarenta y ocho
horas para obtener
la información, la
había obtenido en
menos de un día y
ese lugar seguiría
siendo seguro cuando
menos por otros
tres días, si
alguien había escuchado
algo no importaba,
muchas almas en
pena merodeaban esos
sitios y sus
habitantes sabían que
lo mejor que
podían hacer era prestar oídos
sordos a los
ruidos que el
viento les llevaba.
Recordó el
sonido de los
pasos, y el
eco. El sonido
de los pasos
se amplió hasta
el infinito. Se
escucharon unos disparos
que le hicieron
cimbrarse, se detuvo
en el sueño,
sus pensamientos se
detuvieron, sólo pensó
en Israel, que
debía estar detrás
de él pero
no lo estaba,
no recordaba en qué
momento se habían
separado. Otra serie
de disparos, su
mente en el
sueño analizó las
explosiones, -R-15 y
45 especial- se
dijo y siguió
-ex militares- los narcos
que no habían
tenido entrenamiento militar
preferían las 44
y los cuernos
de chivo, los
militares difícilmente dejaban
las armas del
ejército. La parte
de su mente
que no era
parte del sueño,
la que lo
veía como espectador
dijo -y una
escopeta- pero no
pudo pasar la
información a su
otro yo, al
que iba a
acabar como sacrificio.
Corrió a la
zona de los
disparos, no encontró
a Israel, los
otros dos oficiales
que los acompañaban
estaban en desventaja,
enfrascados en la
balacera, uno de
ellos herido. La
sangre del otro,
cuando su cabeza
fue desbaratada por
las balas, llego
a sus pies
y le ofreció
su reflejo, el
reflejo de un
condenado al patíbulo,
doblemente condenado porque
habría de vivir
después de la
muerte. Se enfrascó
en la batalla,
logró organizarse con
el oficial que
estaba herido y
causó algunas bajas
a sus oponentes,
pero finalmente se
quedó sólo, el
fuego enemigo acabó
con su compañero,
y entonces escucho
la escopeta, Israel
iba en su
ayuda, los narcos
se dispersaron, -Claudio-
escuchó el grito,
-aquí- contestó, el
silenció se prolongó
demasiado tiempo, y
finalmente fue sustituido
por pasos. Y
entonces se escuchó
la escopeta de
nuevo, una vez,
dos veces. Claudio
vio su cuerpo
en el suelo,
la sangre abandonándolo, la
inquietud tomando su
lugar. Recordó cada
detalle, cada sensación:
el vacio, la
incertidumbre, el entumecimiento que
se iba adueñando
de él pero
que no hacía
que el dolor
amainará. El Claudio del
sueño intentó moverse,
arrastrarse pero sintió
su espalda desbaratada,
sus extremidades desconectadas
de su cerebro,
finalmente el frio
del cemento se
coló en su
percepción y pensó
que era una
tumba gris, gigantesca,
que lo iba
a envolver para
luego venirse abajo.
Después sintió el
abrazo de la
obscuridad, su arrullo
de encanto. El
Claudio del sueño
intentaba moverse, negándose
a la promesa
de descanso y
protección, consciente del
dolor y de
poco más. El
otro Claudio lo
observaba sin compasión,
con malestar patente
pero también con
morbosidad. Aprovecho para
pasar su vista
por el lugar,
Israel no estaba
cerca, no se
tomó la molestia
de verlo morir.
Cuando terminó de
inspeccionar el lugar
se hincó a
un lado de su otro
yo, del boyscout
paradójico, lo tomó
por el cuello
y apretó hasta
que sintió que
la manzana de
Adán ceder y
los movimientos patéticos
detenerse. Miro su
mano manchada y reconoció la
muerte de William
Wilson, pero aquí
no hubo discursos
ni reclamos. No
hubo miedo ni
lecciones, solo un
cadáver en un
sueño que se
descomponía.
La
mato y aparece
una mayor,
Con
mucho más infierno
en digestión.
-Por
qué quieres ser
policía?- le preguntó
el comandante mientras
era cadete -Para ayudar
a la gente-
contestó Claudio, sin
pensarlo, lo hizo
de manera rápida,
automática… y sincera. No
había necesitado analizar
la pregunta ni
pensar la respuesta,
en su mente
la había repasado
miles de veces,
y entre los
cadetes era una
especie de mantra,
un juramento que
los elevaba y
eximía de enfrentarse
a la verdad.
Ser policía, medico,
bombero, soldado, es
una decisión que
se toma por
necesidad o por
deseo. La mayoría
de las personas
que conoció mientras
fue cadete, más
aún cuando pasó
a ser parte
de las fuerzas
policiales, habían llegado
ahí por la
necesidad, necesidad de
alimento, de dinero,
de vida, por
la necesidad de
ser parte de
algo, de encontrar
significado a sus
vidas, llegaban ahí
sin ninguna participación
de su albedrio.
La minoría llegaba
ahí por deseo,
por el deseo
de ser, de
ser parte del
significado, del gran
esquema de las
cosas. –Por qué quieres
ser policía?- la respuesta,
siempre, siempre llegaba
sin esfuerzo -para ayudar a
la gente-. Era
necesaria otra pregunta
para encontrar la
verdad por debajo
de la sinceridad
vacua de la
respuesta original -Por qué
quieres ayudar a
la gente?- esa
respuesta hubiera requerido
de un esfuerzo
mental, de introspección, de
un verdadero autoanálisis
que Claudio hubiera
sido incapaz de
hacer en ese
momento -Por qué quieres ayudar a la gente?- una
respuesta a esa
pregunta no hubiera
podido darse sin
pasar primero por
un momento de
tensión, sin hacer
una pausa, sin
buscar las verdaderas
razones, las verdades
ocultas, los arcanos
de la mente
y el alma,
una respuesta en
voz alta no
hubiera tenido que
ser necesariamente honesta,
o no más
honesta que la
respuesta a la
pregunta inicial, pero
en el interior,
una respuesta honesta,
desnuda y cruel
tendría que haber
sido dada a sí mismo
-Por qué
quieres ayudar a
la gente?- una
inhalación profunda, una
pausa dramática, una
exhalación larga y
lenta -para sentirme necesitado,
deseado, amado, temido,
así sea sólo
porque se teme
mi ausencia- una
respuesta así hubiera
provocado un desgarro
interno, una manifestación
de la verdad
como una luz
cegadora, capaz de
destruir las capas
que protegen el
obscuro interior del
reluciente exterior, lleno
de colores y
formas adaptadas para
agradar a los
otros -Por qué quieres
ayudar a la
gente?- un viaje
al interior, un
encuentro con los
monstruos de la
mente y del
alma, tal vez
incluso una rebelión
del inconsciente para
enfrentarnos con la
palabra, con el
verbo, con los
secretos convertidos en
lenguaje hablado, fuerte
y desafiante -Porque quiero
ser un héroe-.
La heroicidad no
es más que
el deseo de
divinidad que anida
en los seres
humanos, la heroicidad
es la puerta
al poder y
al dominio, que
son los elementos
básicos e indisolubles
de la divinidad.
Fueron los héroes
quienes fundaron las
naciones y los
imperios, quienes llenaron
las bocas de
los narradores y
los juglares, la
inspiración de las
leyendas, fueron los
héroes quienes llenaron
los libros, y
aún hoy son
los héroes quienes
llenan nuestros sueños
y manipulan nuestras
aspiraciones, los buscamos
para encontrar el camino.
Claudio necesitaba ser
admirado y necesitado,
le era indispensable
ser un héroe.
Su actitud recta,
su código ético
imposible de seguir,
su superioridad moral,
respondían a esa
necesidad. Había llegado
a la policía
por deseo y
eso lo hizo
resaltar desde el
principio, se había
mantenido en la
fuerza por deseo
y eso lo
convirtió en un
fenómeno imposible de
subestimar. Su mente
generó una serie
de justificaciones que
le permitieron caminar
sobre las aguas
cenagosas y tóxicas
de la policía
y de la
corrupción sin contaminarse,
cazar a unos
criminales y abrazar
como amigos a
otros sin ensuciarse
las manos o
manchar su manto
inmaculado de santidad,
fue ese deseo,
y el temor
a su obscuridad
personal, a la
decadencia, lo que
le permitió mantener
el equilibrio precario
en la orilla
del abismo, lanzando
miradas furtivas, llenas
de lascivia escondida
y negada. Fue
también, finalmente, ese
deseo de heroicidad
lo que lo
hizo hundirse hasta
lo más profundo
cuando el equilibrio
se perdió, pues
los héroes van
aunados a la
tragedia y es
sólo el poder
el que evita
que la tragedia,
que un héroe
irradia y contamina
a los otros,
se revierta y
lo domine a él.
Las preguntas
que nunca se
hubiera hecho, las
respuestas que no
podría haber verbalizado
se concentraban en
su mente sin
problema y sin
pudor -porque quiero ser
un héroe- dijo
en voz alta,
como para conjurar
los demonios de la dualidad
con los que
había vivido por
años y que lo habían
dominado; un héroe
de fábula moderna,
sacralizado y santificado,
depurado de la
sangre y la
violencia que los
acompañó a todos
desde el principio
de los tiempos, un
Galahad tercermundista lleno de
culpas y aspiraciones
de grandeza negadas,
en una búsqueda
fantástica e irrealizable.
Los dioses debieran estar
más allá de los ímpetus
humanos, más allá
de las pasiones,
del deseo, de
la venganza; y
los héroes, sus
espejos en la
tierra debiesen ser
líneas perfectas en un
lienzo blanco, pero
los dioses son
más humanos que
los humanos, y los héroes
se alimentan de las obsesiones
y los deseos
mucho más que el resto,
sólo la obsesión
inhumana por la
pureza que acompañó
a los cristianos,
su repulsión por
el sexo y
la violencia rompió
con la tradición,
generando un tipo
ideal imposible de
alcanzar en la realidad, y
que la realidad
por fin había
superado regresando a
la humanidad a
la brutalidad y
a la gula,
al estado de
naturaleza. Tras confesarse
abiertamente el mayor de
sus secretos Claudio
se burló de
su yo anterior
y de todo
lo que había
construido, terminó su
cerveza y se
dirigió al baño.
Consideró que tenía
tiempo suficiente. La
voz en su
interior se había
retraído a ser un
ruido
sordo, insistente y
molesto, como una
explosión gutural muerta
hace décadas, preservada por
el eco de
los recovecos de
su mente, Claudio
sabía que era
la emoción de
la última casería
lo que la
tenía en ese
estado de éxtasis
absurdo, el también
lo sentía, pero no
podía dejarse llevar
de manera tan
ciega y completa
por las sensaciones
que su mente
y su cuerpo
le ofrecían y
le reclamaban liberar.
La pesquisa que
comenzó con el policía en
los baldíos lo
había llevado ahí,
a ese bar,
a ese punto
muerto, a esa
zona de nadie,
un Puerto Royal
olvidado por los
mares primordiales. La
resistencia que había
encontrado al liberar
el hambre interior
le permitió buscar
y seguir sin
descanso hasta estar
seguro de qué
iba a ocurrir
y cómo se
iban a dar
las cosas, sólo
en ese momento
se permitió dormir,
se dejó llevar
por el olvido
de la Papaver;
no extrañaba el
mundo de los
sueños y no
lo necesitaba, pero
no se iba
a arriesgar a
caer presa del
agotamiento cuando estaba
tan cerca, tan
cerca de liberarse
de las ataduras
mundanas de su
pasado, de su
debilidad. El cadáver
de su yo
anterior yacía en
sus sueños pero
los fantasmas que arrastraba
aún se movían
por los pasillos
de los castillos
de viento de
su mente y
era hora de
ponerlos todos en una
fosa común por
siempre, pues la
mejor forma de borrar
de la memoria a
un enemigo es
enterrarlo y olvidar
donde se dejaron
los restos.
Dejó el
bar después de
la persona a
la que había
seguido ahí, si
había hecho la
reconstrucción de los
hechos correctamente, él le
iba a dar
el acceso al
edificio en el
que Israel se
encontraba. Lo siguió
por media hora
teniendo por fondo
un sol decadente,
listo a hundirse
lentamente en las
entrañas del horizonte
dejando destellos celestes
y cielos sangrantes,
una burla a las esperanzas
del nuevo día
que una vez
más había dejado
sin cumplir, listo
para que una
nueva andanada de
aspiraciones se acumule
en el tiempo
y dominio de
la diosa luna, para desgarrarlos
y destruirlos una
vez que emerja
del vientre de
la tierra, del
infinito espectral. El
auto se detuvo
delante de él,
a unos metros
del edificio que
ya había identificado
como el cubil
de Israel, la
tensión aumentó, la
voz en su
interior gruñó y
el gruñido fue
el símil de una obscenidad
pero en una
lengua primitiva, muerta
y olvidada. Claudio
no se detuvo,
lo pasó a
una velocidad razonable
y comprobó por
el lenguaje corporal
del conductor que
estaba buscando un
lugar donde estacionarse,
se alejó unas
cuadras y dejó
su vehículo tan
bien estacionado como
le fue posible.
Regresó al trote,
la voz ahora
estaba activa, excitada
y de mal
humor -lo vas
a perder, lo
vas a perder
y te voy
a matar!!!- Claudio
se abstuvo de
contestar, su concentración
estaba completamente volcada
a encontrar el
automóvil, demasiado común
en las formas
y en los
colores como para
resaltar rápidamente. Por
fin lo encontró,
justo cuando la
voz repetía por
enésima vez que lo iba
a matar con
una descripción minuciosa
del proceso. Claudio
contuvo el malestar
provocado por la
insolencia de la
voz pues la
única forma de
echarlo fuera hubiera
sido gritando, ordenándole
a todo pulmón
guardar silencio. Redujo
su velocidad, preparó
la pistola, lo
vio salir del
vehículo, paquete en
mano, vio la
pistola en el
cinto. Se acercó,
procurando pasar inadvertido,
sólo unos segundos,
ser un transeúnte
más que va
del punto a al
punto b buscando un
sentido, una razón,
algo a que
aferrarse, lo suficiente
como para estar
cerca, tan cerca que
no haya vuelta
atrás, que no
pueda ver el
cuerpo que se
pone frente a él, que
no pueda tomar
distancia y sacar
el arma o
reaccionar a tiempo
para evitar el
golpe. Claudio corrió
los últimos tres
metros, lo lanzó
contra el auto
del que acababa
de salir y le rompió
la mandíbula con
un golpe preciso,
lo golpeó de nuevo
para asegurarse de
que nadaría en
la inconsciencia, tomó
su pistola y
lo encerró en
la cajuela. –Lo
hubieras matado- dijo
la voz cuando
ya caminaba al
edificio, -eso toma
tiempo que no
tenemos- contesto Claudio,
en voz baja
y con tono
irritado -aún así,
lo hubieras matado-
repitió la voz
que no pudo
continuar con su
retahíla porque Claudio
zanjó el tema
con un conciso
-vete a la
mierda-.
Entró al
edificio, mostró el
paquete al encargado
de la recepción,
este lo miro
con suspicacia pero
lo dejó pasar,
la contraseña era
el paquete, las
caras no eran
de particular importancia,
porque, por motivos
de seguridad, no
podían repetirse constantemente. Claudio
entró al elevador,
el recepcionista probablemente
tendría que morir,
cuan difícil iba
a resultar eso
era la pregunta
relevante. Las puertas
se cerraron, apretó
el botón correspondiente a
su destino inmediato,
el último piso,
giño de su
antiguo amigo al
mal gusto que
siempre lo había
acompañado y que
ahora por fin
podía darse el
lujo de cumplir.
Obtener la información
correcta le tomó
mucho esfuerzo y
desvelos, también mucha
sangre, pero no
había ningún peso
extra en las
costras de sangre
ajena que recubrían
su inconsciente, porque
no había un
conjuro ni una
consecuencia paranormal en el acto
del asesinato.
Las puertas del
elevador se abrieron, Claudio
comenzó a caminar
y con cada
paso el corazón
aumentó de revoluciones,
la circulación de
la sangre provocaba
un dolor extraño,
fascinante. Su vista
se nubló, lo
invadió un mareo
extraño. Creyó reconocer
los síntomas del
delirio, de la
fiebre, se sintió
dislocado de la
realidad, ahí, pero
no ahí del
todo. Llegó a
la puerta, se
detuvo contra la
pared para no
caer, las ideas
se amontonaron en
su mente, hasta
que perdieron sentido, las
emociones se aglutinaron
en su estómago,
anidaron y bulleron
provocando arcadas dispuestas
a culminar en
una risa estúpida
y maliciosa, contagiosa
como un virus
modificado en laboratorio.
Tocó la puerta,
sus labios jugaban
entre una sonrisa
y una mueca
de dolor, la
risa vencía por
momentos la barrera
de músculos que
le evitaba cruzar
la boca y
delatar su demencia
y sus deseos.
Volvió a tocar,
con más fuerza,
insistente, la sonrisa
se hizo grande
y la carcajada
se transformó en
un suspiro profundo,
no exento de
burla y de
desdén por los
que estaban al
otro lado de
esa puerta y
esas paredes, como
el lobo feroz
antes de derrumbar
la casa de los tres
cochinitos, con un
suspiro profundo y
sentido con la
fuerza de un
huracán.
La puerta
se abrió y
Claudio resbaló al
interior del departamento,
fue detenido por
alguien, lo vio
de reojo, pistola
en mano, complexión
robusta, otro más
se acercó, delgado
y de estatura
mayor que el
promedio, pistola al
cinto -qué pasa?-
dijo, a medio
camino entre dejar
la cerveza y
hacerse de la
pistola -un güey
que se quiere
morir- contestó el otro; en
su filtro de
realidad Claudio los
veía como marionetas
ligeramente grotescas, apenas
deformes, torpes en
sus movimientos, lentas.
Le enseñó el
sobre al que
lo sostenía, un
puchero casi cómico
se formó en
su boca y
lo jaló al
interior. Se escuchó
un -que chingados
pasa?- que se
hizo acompañar de
pasos seguros. Israel
se hizo presente
empujado por los
hados a cumplir
con su destino
como buen personaje
de tragedia griega.
Israel había ganado
peso, el rostro
se le había
abotagado y envejecido, la
vida no lo
había tratado con
delicadeza en el
tiempo que llevaban
sin verse; cuanto
tiempo? años, en
que al parecer
los dos se
hundieron en la
miseria, cada uno
a su manera.
Israel lo vio,
vio un cuerpo,
a un ebrio
llevando el paquete
más importante de
su vida, que
al verlo a
él se echó
a reír, bajo,
grave, como la
toz de un
moribundo. La risa
se prolongó, se
hizo más fuerte,
más clara, y
el tono penetró
en las membranas
de la memoria
que comenzó a
relacionar la imagen,
lo que estaba
frente a él,
con lo que
había dado por
muerto hace años.
La mueca de
Israel cambió, la
aparición frente a
él tomó forma
clara y adquirió
nombre, sus ojos
se abrieron como
túnel al pasado
y al futuro
y Claudio pudo
ver el miedo
en ese portal
que unía lo
que había ocurrido
con lo que
iba a ocurrir,
el acto que
desata los acontecimientos, que
pone en acción
los andamiajes del
destino, con el
momento en que
esos andamiajes, cual
mecanismo celeste, llegan
al punto exacto
e irrepetible donde se debe
de afrontar al
fantasma hecho carne.
Claudio esperó a
ser reconocido por
Israel, pero actuó
antes de que
conjurara su nombre,
sacó la pistola,
y en su
irrealidad, disparó al
títere abotagado que
había sido su
amigo, juzgó y
dicto sentencia, los
dos disparos se
incrustaron en su
hombro. Giró y
disparó al alto
que ya corría
para cubrirse, un
segundo después se
separó del gordo
y buscó donde
cubrirse. –Mátalos, mátalos
a todos, como
perros, quiero bañarme en
su sangre!- gritaba
la voz a
todo pulmón, lo
que sólo sirvió
para aumentar la
sensación de irrealidad
y el vértigo
suicida y delicioso
en que Claudio
se encontraba. Logró
resguardarse en la
cocina, su visión
era limitada, podía
ver a Israel
intentando poner orden
en su mente
y reaccionar, intuía
que el alto
estaba al otro
lado de la pared y
que el gordo
estaba en algún
punto delante de
él, notó que
había otra persona,
y sabía que
tenía poco tiempo
para actuar. Se
lanzó en busca
de Israel, sintió
como si corriera
en el agua,
lento, casi torpe,
distinguió al gordo
y disparó, tres
balas entraron en
su estómago y
una más en
la mano izquierda,
Israel ya no
estaba en el punto en
que lo había
visto, Claudio se
paró en seco,
sintió las balas
romper el espacio
libre a su
alrededor, formar una
jaula que amenazaba
con aprisionarlo, recibió
una bala en
el hombro pero
sintió únicamente una
punzada caliente, una
quemadura interna, Dios
obrando uno de
sus milagros incongruentes
y a la
postre inocuos. Claudio
disparó, descargó la pistola, sacó
la otra y dejó todos
los cartuchos en
el tercer hombre
que apenas dejaba
la adolescencia y
ya se desangraba
a unos pasos
de él. Recibió
otro disparo, lo
sintió entrar en
su pierna, y
salir, la herida
se llenó con
sangre y escurrió
-los quiero muertos
a todos!- gritó
la voz, pero
Claudio no prestó
atención, no podía,
su mente estaba
saturada, no sentía
el dolor, no
estaba ahí, excepto
en el cuerpo que
buscaba el modo de
evitar las balas.
La obscuridad llegó
para recubrirlo, la voz bufó,
pareció tranquilizarse un
poco -no dejes
escapar a Israel-
dijo en un
tono extraño, grito
y súplica a
la vez; -el
alto está cerca
de la puerta-
Claudio escuchó, las
explosiones habían terminado,
quedaban tres, ninguno
iba a disparar
a lo tonto
-Israel está en
la recámara, no
tarda en reaccionar-
Claudio se movió
rápido, sus pasos
delataron su intención
y el alto disparó, al
hacerlo se descubrió
y Claudio aprovechó
para herirlo, primero
en la pierna
que se venció,
luego en el
brazo que sostenía
el arma, finalmente
en el cuello,
se arrodillo junto
a él, lo
escuchó balbucear palabras
de sangre que
probablemente eran súplicas,
tomó el arma
de su mano y tras
pensarlo un momento
decidió que no
valía la pena
acortar su agonía,
giró antes de
que la voz
le advirtiera de
Israel, lo vio
a no más de tres
metros, aun aturdido
pero decidido a terminar lo
que había comenzado,
los dos levantaron
sus pistolas, los
dos dispararon, Claudio
recibió un tercer
impacto que no
sintió más que
como un aguijón,
Israel recibió impactos
en la pierna
y en el
brazo, cayó al
suelo y perdió
el arma.
Claudio guardo
su arma, se
acercó a Israel
y tomó su pistola del
piso -no vayas
a ningún lado-
le dijo y
le disparó dos
veces en la
pierna. Desapareció en
la cocina unos
segundos. Cuando regresó
una sonrisa enorme
y enfermiza adornaba
su rostro, la
voz en su
interior resoplaba y
gritaba, expandiendo la
fuerza del mareo.
Se arrodilló junto
a Israel en
ese momento el
reconocimiento del otro
fue pleno, la
muerte de la
miseria disfrazada de
placer en el
abotagamiento y deformación
de su rostro
y su cuerpo,
en la lentitud
de sus acciones,
y la delgadez
casi cadavérica de
Claudio, la miseria
reconocida y aceptada,
convertida después en
hambre e ira
autopoiéticas, La carcajada que
esperaba para desgarrarlo
desde el interior,
se hizo paso,
por el estómago,
por la garganta, lo
obligo a retorcerse
y hacer arcadas
para poder dejar
salir todas las
sensaciones acumuladas y
añejadas, agrias de
tanto esperar su
cumplimiento. Claudio se
dejó llevar por
la risa, la
voz se dejó
llevar por la
risa, Israel se
sorprendió dejándose llevar
por la risa
en un momento
de absurdo completo,
en el que
la histeria de
la carcajada tenía
significados distintos, en uno era
el miedo y
el dolor usándola
como vía de
escape, en otro
era la anticipación de
la venganza pospuesta
y anhelada durante
años, y era
también el fin
de un ciclo nacido de
la sangre y
presto a terminar por
la sangre. Claudio
pasó la mano
por las heridas
de Israel, palpando
su gravedad, alimentándose
de las pequeñas
contracciones de su
cuerpo, la voz
comenzó a recitar
-mátalo, ya, yayayaya,
dámelo ya, quiero
su sangre-. Claudio
tocó a Israel
casi con cariño,
acerco su rostro,
y replicando los
sonidos de la voz
en
su interior lo
olisqueó varias veces,
lo tocó con
odio y lascivia,
lo besó en
las mejillas. -Dámelo,
dámelo, dámelo dámelodámelodámelo-
dijo la voz
histéricamente,
-yaaaaaaaaaaaa- lo tomó por el cabello,
centró su mirada en
sus ojos, se
perdió en ellos,
buscó en su
interior pero encontró miedo
únicamente, esperaba cinismo
y desafío, pero
no lo encontró,
el único alivió
que le brindó
la mirada de
Israel fue la
falta de arrepentimiento, no
había constricción, sólo
miedo cobarde al
fantasma que le
traía la muerte,
sin misericordia ni
perdón. Pasó su
mano por las
heridas frescas de
la pierna, presionó
para sentir, en la
conexión que se
había formado entre
ellos, el dolor
que recorría sus
nervios, la voz
se explayó en
sonidos soeces y
orgásmicos. Quedó absortó
con la sangre
en su mano,
la pasó por
su rostro y
por el de
Israel, luego tomó
el cuchillo que
había traído de
la cocina y
lo clavó en
el pecho de
Israel, la voz
gritó hasta ensordecerlo,
con las dos
manos abrió un
canal hasta el
ombligo, metió la
mano para estrujar
y reventar el
coágulo que hacía
las veces de
corazón alentado por
la voz; lo
sintió en su
mano, ejerció presión
sobre la masa
muerta. Con las
dos manos jaló
y cortó, cuando
la bola de
músculo y sangre
estuvo en sus
manos y a
la vista la
observó con detenimiento
por varios segundos,
leyendo, cual charlatán
de la necromancia,
que el pasado
había terminado, que
el futuro era
cualquier cosa que
el desorden del
universo pusiera en
su camino. Mientras
lo sostenía entre
sus manos y
el calor se
iba disipando pensó
en devorarlo, en
atragantarse con él,
haciendo de sí
una prisión para
el fantasma vencido
de su amigo
y némesis, del
monstruo de sus
sueños, pero al
ver a Israel
en el suelo
vio también su cuerpo
en el estacionamiento, la
sangre, su sangre,
el descuido físico,
la muerte, y
el corazón que
sostenía en sus
manos dejó de
tener valor y
significado. Israel estaba
muerto, por su
mano, el dragón
no había sido tal, la
gran odisea de
su liberación resultó
más pedestre y
menos alegórica de
lo que había
esperado, el final
anticlimático lo había
liberado dejando un
mal sabor de
boca pues no
hay nada peor
que un enemigo
que se niega,
en la realidad,
a vivir a
la altura de
las expectativas que
nuestros sueños atormentados
le confieren. La
voz se fue
difuminando, los gritos
se convirtieron en
eco y el
eco se fue
haciendo lejano y
débil, su pasión
por el cadáver
que yacía ante
ellos se rompió
violentamente y no
supo cómo reaccionar.
La obscuridad
lechosa que lo
acariciaba y lo
seducía llegó como
un golpe y
el vértigo lo dominó
por completo, las
paredes giraron y
el mundo colapsó,
la sensación fue
demasiado fuerte y su mente
y su cuerpo
no pudieron soportarlo,
Claudio vomitó un
líquido transparente y
maloliente sobre el
cuerpo de Israel.
Claudio se encontró
en una burbuja,
junto a él
su cuerpo, el
cuerpo dejado en
el estacionamiento y
del que ya
no se sentía
parte, y el
cuerpo de Israel
que ya no
ofrecía ninguna amenaza.
Se encontró nadando
en la laguna
que formaba la
mezcla de los dos flujos
de sangre, el
que él había
dejado hace años,
y el que
Israel dejaba junto
a él en
la realidad que
había quedado olvidada
en algún lugar.
Se levantó consciente
de que el
hedor a muerte
y pasado que
exudaba ya no
era suyo y
tenía que limpiar
de algún modo.
Comenzó a caminar
por ese estacionamiento que
lo había cobijado
en su muerte,
consciente de sus
heridas que supuraban
la sangre de
los caídos, ante él se
abrieron dos caminos,
dos rampas grises
y muertas, direcciones
distintas pero indistinguibles, con
destinos inciertos. Los
pasos lo llevaron
en una dirección
y no se
cuestionó la decisión.
Se encontró en
el departamento, dirigiéndose
a la salida
seguro de que
la policía se
arremolinaba en las
puertas. Tomo cuantas
armas pudo y
bajó por el
elevador. La tensión
lo dominaba pero
la realidad se
encontraba ahora bien
centrada, no veía
el final pero
lo sentía, la
caída libre estaba
por terminal, el
abismo llegaba a
su fin, el
viento gélido se
iba a despedir
de él en
cualquier momento para
ser recibido por
el duro golpe
de la muerte.
La última emoción,
la tensión final
se habría frente
a él, la
amante que lo
había esperado y
que él deseaba.
El elevador
se detuvo, la
puerta se abrió
la policía estaba
fuera, esperando, temerosos
del monstruo, del
demonio del futuro,
del placer y del dolor,
de la libertad
de romper con
todo que se
encontraba representada en
él. El portero
no estaba, lo
consideró como una
ofensa, una muerte
que le debían
y se iba a cobrar
por diez.
Su pie
tocó la calle,
el día había
terminado, el sol que había
iluminado, llevando sus
rayos a todos
los rincones, atravesando
las capas de contaminación, quemándonos
a todos, dejando
sus bendiciones cancerígenas
en la piel,
se había agotado
una vez más.
La noche había
caído sobre la
ciudad que la
esperaba y que
aún la temía.
Claudio las recibió
con júbilo, se
regocijó con el
viento, con la luna
tenue, con la
imagen de policías
atemorizados ante su
imagen sucia y
sanguinolenta, respiró su
miedo, reconoció que
lo había sentido
también, en otro
lugar, en otra
vida, el miedo
a la muerte,
que siempre resulta mayor
que el miedo
a la vida y que
convierte a los
hombres en cobardes,
recordó que había
estado en su
situación, que sus
compañeros sobrellevaban aferrándose
al honor, a
la necesidad, a
la adrenalina, casi
sintió lástima por
ellos cuando dio
el siguiente paso,
el que lo
decidía todo, el que cancelaba
la retirada. Las
admoniciones no se
hicieron esperar, -deténgase.
Suelte el arma.-
declaraciones vacuas de
un merolico intimidado.
El miedo se
anegó en el
aire, lo hizo
pesado, difícil de
respirar, Claudio lo disfrutó
cual cata de
manjar y se
dispuso a poner
fin al banquete
una vez que él había
sido servido. Disparó,
una sola vez,
la reacción de
sus múltiples oponentes
fue rápida y
la falta de
precisión se compensó
con el exceso
de cañones. Las
balas llegaron a
su cuerpo, primero
sintió el dolor,
luego un calor
que sorprendentemente resultó
gratificante y después no
sintió nada, la
obscuridad lo había
abrazado finalmente llevándolo
a la matriz
fría y lechosa
que lo había
seducido. La sangre
brotó y los
huecos de bala
se convirtieron en
capullos que dieron
vida a tantas
mariposas como balas
entraron en su
cuerpo, blancas y
brillantes que volaron
y danzaron dejando
mudos y sordos
a sus creadores,
estáticos ante el
espectáculo de luz
tenue, de belleza
sutil que surgía
de la muerte
y que enmarcaba
el porvenir.
Me dejarás dormir al amanecer
Entre tus piernas, entre tus piernas
Sabrás ocultarme bien y desaparecer
Entre la niebla, entre la niebla.
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