Reinauguración/Sobre las elecciones


De un tiempo a la fecha las ideas me atacan de nuevo y tengo la necesidad de comunicarlas, de hablarlas, de escribirlas (de volver a escribirlas). No que mis ideas sean necesariamente buenas, pero ahí están y debo hacer algo con ellas.
Estoy seguro que este ímpetu recuperado se debe a la situación del país y del mundo. Las crisis generan actitudes extrañas en la gente. La mía, de momento, es la de expresarme de algún modo. Había dejado la escritura porque no estoy capacitado para ser leído, pero necesito un lector, o cuando menos la posibilidad de un lector, la ficción de alguien que leerá o escuchará y ya que los blogs han pasado de moda y nadie les pone atención puedo regresar al medio y escribir con libertad en busca de ese lector ficticio que me permita inspirarme para decir lo que necesito decir, pero con la seguridad que no llegará.
Para ese lector ficticio que tal vez no sepa nada de mí, le informo (o la informo por aquello de la equidad de género) que soy mexicano, vivo en México y la locura del mundo, que ya se había establecido en el país, anidándose y anudándose junto a la locura mexicana ya antigua (casi milenaria) ha explotado, no sólo en los niveles de violencia, que ya venían creciendo desde el 2000 y en el de desintegración social, que probablemente se venía gestando desde los 90, también se ve, en la polarización social, que, si somos honestos, ya también venía gestándose, desde el 2006, pero que ahora ha logrado niveles explosivos.
Supongo que sería importante indicar a este hipotético lector que por alguna razón no es mexicano, que nos encontramos en medio en la recta final del proceso electoral. Un proceso que ha resultado atípico y polarizante (creo que esta palabra se repetirá mucho), que aunque permitirá una cierta continuidad pues la política mexicana siempre encuentra el camino hacia la continuidad, modificará de manera interesante, si no sustancial, el mapa electoral de mi país. Lo más trágico de esta situación es que aunque es posible rastrear todos los elementos y las tendencias al pasado, nadie parece interesado en hacerlo. Lo mismo comentócratas que analistas más serios y educados deciden actuar con sorpresa, estupor y miedo ante la situación actual y su más viable desenlace. Uno tras otro, articulistas de periódicos se quejan y lloran por la ignorancia de un electorado al que nunca se le ha cumplido, al que nunca se le ha tomado en serio porque  deciden votar por un candidato que les habla de cerca, en un lenguaje comprensible y supongo que ameno. Encuentran en este acto imbecilidad y autoflagelación, porque el candidato tiene fuertes tintes populistas (y de izquierda para empeorar las cosas).
El candidato es Andrés Manuel López Obrador también conocido como AMLO, El Peje, Obrador, o más recientemente López, o Liopez, este no pienso usarlo, nunca pues, por alguna razón me parece innecesariamente ofensivo para el candidato y para sus seguidores, aunque no podría explicar por qué.
Para intentar explicar cómo llegamos al punto en que nos encontramos (a escasas semanas de las elecciones) podría recurrir a un estilo rebuscado, tal vez tarantinesco, pero las afectaciones no me gustan a menos que estén bien hechas, y es una verdad innegable que carezco de las capacidades narrativas para hacerlo, así que las ideas serán presentadas con cierta linealidad y con toda la claridad que me sea posible para explicar a mi lector fantasmático como llegamos aquí (o cuando menos como creo que llegamos aquí).




El otro día se me ocurrió una analogía (o tal vez haya sido una metáfora). Comparé a Movimiento Regeneración Nacional, mejor conocido como MORENA, el partido que AMLO creo en el 2014 con el fin expreso de competir por la presidencia, con una carcacha o un chimeco, y a los otros partidos, con o sin alianza, como maquinarias mejor armadas e incluso de mejor calidad. En la carrera que se está dando, para sorpresa de todos, es el chimeco (ese camión desvencijado, que hace paradas y sube a todos sin importar a donde vayan o de donde vengan) el que va ganando, y no por poco (al 31 de mayo ORACULUS lo pone con una ventaja que raya los 20 puntos). Como ya lo dije antes, la sorpresa y el miedo han sido mayúsculos y aunque los comentarios están ahí, en realidad nadie ha querido voltear y recordar que la razón por la que la carcacha va ganando es porque a esas maquinarias mejor armadas y mejor logradas (empezando por el PRI y llegando hasta Movimiento Ciudadano) no sólo dejaron de invertir en el mantenimiento y la ingeniería, sino que le estuvieron robando piezas para armar sus autos particulares, o para venderlas en Mercado Libre.
El PRI, que ya como tal soportó exitosamente dos reconfiguraciones en tiempo record (tiene como antecedentes al Partido Nacional Revolucionario y al Partido de la Revolución Mexicana), primero en el 2000 con la pérdida de la presidencia, la cual era el eje que regía y aglutinaba a las distintas fuerzas, y en el 2012, con la recuperación de la presidencia de la mano de uno de los grupos más corruptos al interior del partido, el Grupo Atlacomulco, el grupo dominante en el Estado de México, perdió en estos últimos seis años (irónicamente teniendo el poder de la presidencia) una cantidad impresionante de espacios políticos: alcaldías, gubernaturas y otros puestos de elección popular, además de, lo más importante desde mi perspectiva, esa aura de saber hacer que fue una de las cosas que les permitió regresar al poder (eso y una masiva movilización de votos). 
Es importante recordar (y matizar) que Peña llegó a la presidencia con un margen más que razonable sobre su competidor más cercano (AMLO) y tuvo un muy buen desempeño durante su primer año de gobierno, el pacto por México, la negociación de alguna de las reformas estructurales hizo que muchos olvidaran y otros le perdonaran que nuestro ahora presidente fue el gobernador del infame caso del cadáver que había decidido jugar a las escondidas debajo de su colchón (Caso Paulette). La idea que tras doce años de panismo se había gestado en muchas cabezas, de que cuando menos el PRI sabía gobernar, sabía llevar el país, parecía cumplirse. Pero entonces empezaron los problemas y esa capacidad mitificada del PRI desapareció, resultó que ni sabían gobernar, ni administrar ni guiar al país (ni robar pero repartir). Los 43 de Ayotzinapa, la Casa Blanca, Malinalco, más los múltiples casos de corrupción de gobernadores y anexas que si bien no sólo le pegaron al PRI fue al partido al que más le afectó en términos de percepción, en buena medida porque fueron incapaces de hacer una pantomima reivindicatoria (como sí lo hizo el PAN con uno de sus gobernadores). Todo esto nos hizo recordar que el presidente, pese a la cómoda ventaja, había llegado con un serio problema de legitimidad, pero al parecer nadie en su partido o en su equipo cercano se dio cuenta de eso.
A esto hay que agregar que el PRI de Peña, de Atlacomulco, gobernó por sí y para sí. Aislaron a jugadores históricos del partido, lo que generó tensiones al interior y fueron poco amables con sus socios lo que generó tensiones y rupturas (ejemplo de esto es Chiapas). Y como cereza del pastel podríamos agregar el candidato elegido por Peña (y la forma en que lo elige): Meade, un administrador muy eficiente pero no militante y muy poco carismático. EPN justificó la elección y el proceso por el que se le eligió basándose en la liturgia del partido, lo que no fue más que un intento elegante de justificar el dedazo, la capacidad del presidente en turno de elegir a su remplazo. Pero, como es ya la costumbre con nuestro señor presidente, todo lo entendió mal. Usó y justificó un proceso que no entiende, ni en lo simbólico ni en lo práctico. Reclamó su derecho a elegir sucesor sin entender que, para empezar, la sucesión era un proceso en que el presidente saliente debía hacerse pequeño y de ser necesario convertirse en chivo expiatorio, así fuera de manera lejana e impersonal, y el candidato (que en la época en que se usaba esta liturgia la candidatura era un trámite, parte del ritual pues la sucesión estaba asegurada) se hacía grande, se convertía en el hombre capaz de resolver los problemas del país. En este caso la presidencia no está asegurada y Peña parece empecinado en no dejar que Meade crezca pues su crecimiento sólo puede hacerse a costa del presidente.
Así y pese a quienes decían que sólo era cuestión de que su maquinaria  se pusiera en movimiento, el candidato del partido en el poder se encuentra en un tercer lugar imposible de remontar, pues la maquinaria (para regresar a mi muy ingeniosa metáfora) se había desgastado, estaba oxidada y le faltaban piezas.
El PAN a su modo se encuentra en una situación similar y aquí retomó el comentario de un artículo (de El Mundo o de El País, no recuerdo en este momento) que decía que 12 y 6 años de gobierno deberían ser la mejor publicidad, la mejor propaganda. La continuidad, cuando los resultados han sido positivos, no debería ser contenciosa. Pero los resultados no son positivos, incluso me atrevería a decir que la única razón por la que hemos difuminado el mal desempeño de las dos administraciones panistas consecutivas (Fox 2001-2006, Calderón 2007-2012) es porque EPN decidió ser excelso en incompetencia y corrupción. Anaya y su equipo saben esto, de hecho su campaña no se hilvana con esos triunfos del PAN, los pasa por alto en la medida de lo posible.
Pero ese no es el único problema, al PAN la presidencia no le sentó bien, lo corrompió. Viene a mi mente otra cita que no puedo citar, pero me revolotea y la tengo que escribir. Creo que fue durante el sexenio del Calderón que algún panista dijo que se habían adelantado al poder, no estaban listos. El comentario fue muy criticado pues ¿cómo es posible que un partido que vio la luz en 1939 no estuviera preparado para el poder? Pero resulto ser verdad, a falta de otros referentes, el PAN imitó lo peor del PRI. La presidencia se convirtió en el eje rector del partido, lo que funciona si la presidencia está asegurada una y otra vez, pero que es muy peligroso cuando hay un verdadero riesgo de no mantenerla cada seis años. Claro que la imitación no fue completa, por eso, a Fox prácticamente hubo que echarlo del PAN para que Calderón fuera candidato y presidente y por eso Anaya echó a Calderón. Los mecanismos de decisión al interior del partido habían caducado y se habían corrompido y nadie se tomó la molestia de cuando menos fingir que debían ser reparados. A esto podemos agregar que Fox dilapidó su bono democrático, que optó por una continuidad torpe pero cómoda y que Calderón hizo lo mismo con el agregado de una estrategia beligerante contra el narcotráfico que si bien es posible que en ese momento fuera necesaria, no era suficiente, se requería (y se requiere) intervención en lo social, paliativos de corto plazo y políticas que detonen oportunidades al largo plazo y nada de eso se hizo. Doce años de gobierno federal no convirtieron al PAN en la potencia política hegemónica, de hecho, nunca dejó de ser un cómodo segundo lugar que no dejaba de debilitarse, tanto así que las alianzas (que algunos llaman anti natura) con el PRD se convirtieron en la forma más segura de ganar elecciones.
Pero, por si este gris escenario no fuera suficiente, los movimientos de Anaya para hacerse con el poder del partido fueron arriesgados y polarizantes (va otra vez la palabra), arriesgando un bonito término que nunca he aprendido a usar bien: la estrategia de Anaya era de suma cero (y de alto riesgo). El ahora candidato presidencial se jugó la carrera política, y a estas alturas estoy seguro que perdió. El partido, que ya de por sí no estaba bien cuando EPN llegó a la presidencia se siguió fracturando durante el sexenio, por las tensiones internas, por la necedad de los Calderón de mantener el poder a toda costa, por la ausencia de un gran decisor que dirimiera los conflictos (el presidente), por el agotamiento de los organismos internos de contrapesos, por la falta de voluntad de negociación de las distintas partes. Anaya aprovecho la oportunidad y a fuerza de puñaladas y negociaciones endebles se hizo con la presidencia del partido, con la candidatura presidencial y con la alianza con dos fuerzas políticas de izquierda (PRD y MC), una muy reducida y la otra muy pequeña y parasitaria.
Creo que he pasado por alto un hecho importante. Los Calderón querían que en estas elecciones Margarita Zavala de Calderón fuera candidata (y en una de esas presidenta) y se preparaban para justificar la candidatura (que era el colmo del nepotismo y el cínico interés por tener continuidad dinástica) con las encuestas que, en ese momento, la posicionaban como la mejor competencia contra Obrador. Anaya les rompió los sueños y les desinfló la burbuja. Margarita salió del PAN y resultó que Zavala sin partido carecía completamente de empuje (agregaría también que de personalidad) y en los debates demostró que le faltaban muchas tablas (Zavala dejó la competencia en el mes de mayo).
Así, Anaya logró lo que quería, no todo, claro, pues todo parece indicar que su meteórica carrera terminará con él en segundo o en tercero y cuando menos desde mi perspectiva, eso significa su muerte política. El PAN tal vez (sólo tal vez) logre mantener su puesto de segunda fuerza, pero será una segunda fuerza muy desorganizada, amenazada por otras derechas, principalmente Encuentro Social que es técnicamente la derecha evangelista (y que, en completa coherencia con estas elecciones sui géneris, va de la mano de AMLO) y por el Verde, aunque todo parece indicar que este partido también está sufriendo de fuertes tensiones internas.
El PRD, la otra fuerza política importante de este país al momento de estas elecciones, se dedicó a partir del 2006 a dilapidar los bonos que, bien que mal, habían construido. Ahora un poco de historia. Si el PAN fue la opción del empresariado y de la mentalidad norteña el PRD fue la opción competitiva de las múltiples y diferentes izquierdas de este país. El partido como tal surge tras la apoteósica pero en última instancia anticlimática competencia electoral de 1988. Estas elecciones significan la gran ruptura al interior del PRI. Cuauhtémoc Cárdenas, heredero del gran santo laico revolucionario y posrevolucionario Lázaro Cárdenas, indignado por la imposición de un candidato tecnócrata, emberrinchado porque un heredero menor le había arrebatado su derecho al trono, en congruencia con sus ideales democráticos, humillado y obligado al exilio… Ustedes disculparán, me cuesta trabajo encontrar algo bueno que decir de Cuauhtémoc, nunca me generó una impresión distinta  a la de la incompetencia recubierta de herencia dinástica. Lo cierto es que ya en el partido y en el país se venía gestando un cambio de rumbo y de dinámicas y los personajes de Planeación y Presupuesto se habían convertido en fuerzas indispensables para el funcionamiento del partido y del país. En esa coyuntura, Carlos Salinas de Gortari, miembro menor de la realeza priista se hizo con la candidatura (y luego con la presidencia), lo que generó un cisma que llevó al PRI a su derrota (no oficial) más grande (hasta el 2000) y a un estado de crisis que se resolvió cuando Cárdenas decidió irse por la vía institucional. De ahí y de la aglutinación de distintas fuerzas de izquierda surge el Partido de la Revolución Democrática, surge con serias deficiencias genéticas que nadie se tomó la molestia de corregir, aunque sólo mencionaré dos porque son las principales (y las que lo llevaron al estado terminal en que se encuentra). La primera es la completa necesidad de un gran decisor, un líder indiscutible (agregaría que carismático pero Cuauhtémoc es la antítesis del carisma) un gran tlatoani; la segunda es la identidad artificial y nominal del PRD, la mayoría de las fuerzas políticas al interior nunca dejaron de ser reductos, no sólo de ideologías distintas, sino de intereses y lealtades distintos, no en vano (y con cierto aire de discriminación) se les dio el apelativo de tribus, las cuales funcionaron siempre en alianzas inestables, sólo mantenidas en unión por la fuerza del líder y la posibilidad de victoria.
Siendo fiel a la tendencia de las izquierdas mexicanas (de perpetuarse en el poder) Cárdenas fue candidato en otras dos ocasiones (1994-2000), en ambas perdió. El aura que lo había recubierto en el 88 había desaparecido y un sustituto más eficiente había llegado. Andrés Manuel, que se había hecho fama de peleonero, se hizo con la jefatura de gobierno de la Ciudad de México en el 2000 y se convirtió en el mejor gobernante de la ciudad y en el político más importante de México a partir del año  2000… esto, vale la pena aclararlo, no es un piropo para AMLO, es una muestra de lo mal que ha estado la caballada, pero, el punto es que Obrador fue capaz de formarse una personalidad política atractiva y oportuna, se convirtió en el defensor de los pobres y los desamparados en la mente de muchas personas gracias a la política pública más redituable en la historia de este país (la pensión a adultos mayores). López Obrador es importante no sólo porque es el candidato a vencer en estas elecciones, es importante porque fue el candidato a vencer en las dos elecciones anteriores…y porque se convirtió en el líder indiscutible, logo no oficial e insignia del PRD. A partir del 2000 este partido uso su imagen y sus políticas, o cuando menos la promesa de la misma para crecer, por eso, cuando las tensiones comenzaron a formarse tras la derrota del 2006 el partido no supo que hacer, siguió explotando su imagen, su esencia, a la vez que no hacían ningún esfuerzo por encontrar un sustituto o por encontrar una identidad efectiva pero alternativa. En el 2012 la situación de tensión ya era insostenible, pero la falta de prospectiva política le permitió a AMLO secuestrar al partido y su estructura. Después de la derrota de ese año el PRD decidió encontrarse la dignidad (en relación con su antiguo amo) y distanciarse, el apoyo al Pacto por México y las reformas estructurales pueden leerse así (o como un acto de despecho, depende que tan en serio se tomen el tema) y Andrés Manuel como única gran figura de la izquierda o “izquierda” se hizo a la tarea de crear su partido con el fin de competir en el 2018. Y una vez más el PRD, por su completa ausencia de capacidad estratégica y el cortoplacismo y la aversión al riesgo de sus líderes, se hundió, ya que no fueron capaces de encontrar un gran tlatoani (los chuchos son pésimos líderes), de desarrollar liderazgos, ya no digamos carismáticos, con que fueran institucionales; se negaron a limpiar de tribus y a encontrarse un camino claro y definido. Lo que quede del partido tras el 2018 supongo que intentará hacerlo. Y como dicen nuestros vecinos del norte too little too late.
Haré una pequeña referencia a Miguel Ángel Mancera, un no perredista que fue abanderado por el partido para ser su último jefe de gobierno de esta ciudad y que, prácticamente desde que tomó posesión, se dedicó a dilapidar el capital político que se habían tardado en construir desde que Cardenitas fuera el primer jefe de gobierno…tan es así que la ventaja que Claudia Sheinbaum tiene sobre sus competidores no es sólo grande, es ofensiva.


Es momento de reconocer que tal vez pequé de hiperbólico cuando dije que nadie entendía lo que pasaba. Lo cierto es que hay artículos que  buscan explicar la situación. Pero no puedo evitar pensar que algo se pierde en estos esfuerzos pues, a menos que sean cartas de amor para AMLO, son argumentos críticos que esperan desnudar alguna verdad sobre Obrador, el ejercicio pasa un poco por reconocer los errores de los partidos, de los candidatos, las fallas estratégicas (que son tantas que es un poco más fácil y más rápido mejor decir que han hecho bien), los más críticos aceptan y reconocen que las administraciones del PAN y del PRI a nivel federal (y las administraciones locales de los otros partidos) fueron malas, que hay fastidio y hartazgo en la ciudadanía y que (menos mal) ese malestar que se está convirtiendo en furia se encuentra justificado. Tras esto, se reconoce que AMLO sabe canalizar esos malestares… y luego intentan hacer una disección de su campaña, sus promesas sus afiliaciones peligrosas y contradictorias cómo para mostrar que es más de lo mismo, que el populista al que se le teme (por populista) no es más que otro político más. Y en honor a la verdad no mienten, a estas alturas Obrador es de izquierda casi de manera nominal, por las conocidas propuestas asistenciales (que desde el 2000, de un modo u otro la mayoría de los partidos y gobiernos han imitado). Cultural y socialmente AMLO no está a la izquierda, o cuando menos no está a la izquierda en términos de actualidad. Es, bien que mal, producto de su tiempo, de una izquierda que veía al gobierno como garante y solución, y que socialmente, si tal vez no juzgaba sí pedía que los secretillos y secretotes se mantuvieran escondidos, a puerta cerrada. Recordemos por ejemplo que como jefe de gobierno no avanzó ninguna propuesta progre (aborto o matrimonio igualitario, por ejemplo). Pero, entonces ¿cuál es el problema? ¿Qué es lo que se están perdiendo los analistas y los expertos? Lo que considero que se están perdiendo es, o son, las implicaciones de la explicación en la que estamos de acuerdo.
Si las administraciones anteriores no han sido buenas, si los candidatos no están a la altura, si no hay en realidad razón para confiar en las propuestas y en las promesas, entonces el proceso de selección y elección deja de lado completamente lo racional, se convierte en algo más bien emotivo, visceral y entonces voto por quién me haga sentir algo, por quien me convenza a un nivel únicamente subjetivo. Y ahí, AMLO la lleva de gane, no sólo porque lleva haciendo campaña desde el 2006, sino porque lo que dice conecta con la gente, sí, dice lo que quieren escuchar, pero todos los demás lo hacen, sólo que él lo hace con mejor ritmo y entonación; sí, su partido está lleno de corruptos y chapulines, pero todos los partidos tienen el mismo problema; sí, probablemente terminé doblando las manos a favor de nuestros grandes empresarios, pero los otros ya lo han hecho, cuando menos Andrés Manuel realizará una pantomima; sí, no hay agenda progre, no hay defensa del aborto, de los matrimonios igualitarios y ese largo etcétera, pero no existe en ningún otro partido ni en ningún otro candidato, lo más que se puede sacar de ellos es que respetarán las leyes y la constitución… incluso Barrales (candidata Ciudad de México) se postuló moralmente en contra, entonces ¿por qué la gente habría de votar por alguien más? ¿Por qué Andrés Manuel está menos preparado? ¿A razón de que medición decidimos eso?
AMLO tardó años en titularse, habla chistoso, no conoce o entiende la realidad… La realidad es que, con todos los asegunes que se le puedan encontrar Andrés Manuel es el único de los tres candidatos que entiende los pesos del poder ejecutivo. En ese sentido, Anaya es un advenedizo, que, juzgando por los resultados no es un gran estratega y si decidimos usar el mismo racional con el que se critica la alianza MORENA-PES (partido de derecha evangelista) es igualmente traidor a sus convicciones por aliarse con el PRD y MC. ¿Y Meade?  Meade puede ser un excelente administrador, aunque no deja de generar dudas el hecho de que nunca se dio cuenta a tiempo de ningún tema, y nunca tuvo responsabilidad en que no se les diera seguimiento y ahora sabemos que con todos sus títulos, fue coparticipe de la etapa terminal de PEMEX, todo esto permite poner en duda esa increíble capacidad; a lo que se puede agregar que, sin importar la importancia de los puestos que ha tenido no ha hecho realmente el trabajo político fuerte, y hay mucha diferencia entre administrar y ejecutar. Otro punto que juega en contra de Meade: es parte del grupo de muy sobrecalificados expertos que llevó a México a la peor crisis que ha sufrido desde la revolución y no es ni siquiera la persona más importante de ese grupo (la persona más importante es Videgaray), entonces… ¿de veras AMLO es el peor? Y quiero aclarar, no estoy a favor de AMLO. Sí, inicié este proceso electoral con un sesgo a su favor (por primera vez en mi vida) pero se fue diluyendo y ahora no veo ni mucho futuro ni mucha salida, lo que intento probar es que, presentar argumentos para convencer a alguien que ya decidió votar por Obrador tiene poco sentido, para empezar porque los argumentos que se presentan son débiles, minimizan la verdadera situación del país y el hartazgo al que los ciudadanos tenemos derecho. Lo que se escucha es: tu candidato es igual de malo que el mío, pero no votes por él, o todos los candidatos son malos, pero el tuyo es el peor porque me da miedo la posibilidad de... entonces, vota por el mío que nos va a joder pero lentamente en lugar de hacerlo de golpe… ¿Se entiende? Ante la falta de opciones la esperanza se vuelve fuerte; el anhelo supera  a la racionalidad, porque la racionalidad no ofrece salida (ni esperanza) y el ser humano requiere tener esperanza, eso, me parece, no ha cambiado.
Termino mi ensayo redundante. Me parece que estas elecciones han dejado desnudo, no al emperador (disculpen el símil de perogrullo) sino al sistema político mexicano. Creo que ha quedado claro el nivel de desgaste, de incompetencia y desinterés que corroe al sistema, que va de la base a la élite y de regreso (o al revés, si creen en la bondad del pueblo por sobre todas las cosas), es por eso que la distancia entre el primer lugar y los otros es tan grande, es por eso que los candidatos más “sistémicos” no levantan, porque no entienden el país en el que han vivido y que (se supone) desean gobernar; es por eso también que vivimos un boom de celebridades convertidas en políticos, porque no hay relación entre la punta y la base de la pirámide y porque los que están en la parte alta ni están interesados (mucho menos dispuestos) a hacer algo para cambiar el estado de cosas, no tienen la capacidad de entender y usar las herramientas simbólicas que permiten reducir las tensiones y asegurar la gobernabilidad y la “docilidad” del “pueblo”. Si la cabeza me da, en algún otro momento le escribiré a mi lector fantasma sobre este tema. Es por eso que, pese al miedo que me genera una victoria de Obrador, me parece que en este momento es el menor de los males, porque no creo que el país aguante otra derrota suya, pues las instituciones carecen de la legitimidad suficiente, para darle validez y las condiciones en las que se está desarrollando esta obra no permite credulidad con respecto a un aumento explosivo y sostenido de alguno de sus oponentes ni a una caída estrepitosa por parte de AMLO. Su victoria le compraría al INE un mínimo de la legitimidad perdida, en especial si no hay grandes escándalos o demandas por parte de los otros partidos, y aún si es el caudillo de izquierda que nos hacen temer que es, honestamente creo que la tensión institucional le haría bien al país… jodidos ya estamos, pero en una de esas Andrés Manuel y sus políticas bolivarianas (si es que las tiene) forzarían a las otras fuerzas políticas a ser verdadera oposición, tal vez incluso una oposición inteligente, y aunque es mucho soñar, tal vez para que no se extienda en el poder, para que no repita, para que no haya otro morenista en la presidencia en el 2024 hasta se dedicarían a hacer buen gobierno…o tal vez estamos jodidos… casi seguro estamos completamente jodidos.

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