Las mariposas no vuelan de noche - 1
Apenas afino
melodías de perdedor
Los
cielos han gastado
mi último suspiro,
Quedaron
atrás todos los
enemigos,
Y
aun me queda
la duda de
un futuro mejor.
La
noche cayó de
súbito, completa obscuridad,
de repente los
ojos se hicieron
inservibles. No podía
ver nada excepto
lo inmediato y
eso era obscuridad.
A lo lejos
se vieron pequeños
puntos de luz,
probablemente luciérnagas, pequeñas
estrellas en un
firmamento al ras
del suelo, y
entonces comenzó a
llorar pero sus
lagrimas de cristal
se perdieron en
la obscuridad. -Abuelo-
recuerda que le
dijo una vez
-tengo miedo- estaba
en su cama, cubierto con
un montón de
cobijas para evitar
el frío del
invierno boscoso, -a
que le tienes
miedo?- preguntó su
abuelo con una
mirada dulce y
una sonrisa cómplice,
esa extraña mezcla
que hacía que
un niño no
se sintiera estúpido
a la hora
de contar sus
miedos o sus
fantasías a un
adulto, porque ese
adulto comprendía ese
mundo que a
los demás se
les escapaba, -a la
muerte- dijo el
niño que ya
se acercaba a la adolescencia
pero que aun
temía a la
obscuridad pues sentía
que iba a
perderse en ella
para nunca regresar.
-A tu edad
no se debe
temer a la
muerte- le dijo,
y fue la
primera vez que
su voz sonaba
sería cuando hablaban
de cosas serías,
-a tu edad
hay que disfrutar
la vida, hay
que quererla, hay
que beber de
ella como si
no hubiera otra
cosa, porque a
tu edad es
lo único que
hay- las palabras
calaron en el
niño, aunque no
las comprendió, no en ese
momento, lo entendió
muchos años después,
cuando la vida
se había escapado,
cuando era demasiado
tarde, y como
acto de suprema
confianza le contó
a su abuelo
su miedo a
que en la
obscuridad que lo
hipnotizaba llegara la
muerte y nunca
lo dejara salir
-Pero la muerte
no es así-
le dijo su abuelo, cuando
mueres te sientes
como en un
mar tranquilo y
cálido y una
mariposa recoge tu
alma, una mariposa
blanca y luminosa-
el niño sonrió,
más por sentir
la enorme mano
de su abuelo,
que pese al
tamaño y la
fuerza hacía caricias
delicadas, que por
el comentario, el
cual tampoco entendió,
-yo nunca he
visto a una
mariposa volar de
noche- su abuelo
quiso contestarle que
eso era porque
aún era inocente
y que el
contacto con la
muerte era una
de las formas
en que la
inocencia se perdía,
quiso decirle que
si por el
fuera nunca vería
las mariposas porque
nunca se enfrentaría
a la muerte,
también estuvo tentado
a decirle que
la muerte debería
ser una celebración
de la vida
pero no pudo,
no tuvo fuerzas
para hacerlo. Volvió
a pasar la
mano rugosa por
el rostro de
su nieto, lo
besó en la
frente y dio
por terminada la
conversación. Esa noche
el niño se
arropó con el
recuerdo del calor,
de la caricia
del adulto que
siempre lo había
protegido de todo,
con los recuerdos
de las vacaciones
en la casa
campestre, con los
trabajos manuales y
los animales y
no soñó con
la obscuridad interminable
que siempre amenazaba
con devorarlo, fueron
las mejores vacaciones
que pudo recordar,
sin los conflictos
de la vida
diaria, de padres
a punto de
divorciarse, sin temor
a la muerte.
Fue la última
vez que vio
a su abuelo
también. La noche
de su primer
día de clases
la obscuridad volvió
a amenazarlo a
seducirlo y estuvo
muy tentado, como
siempre, a dejarse
llevar por esa
fría mano que
lo llamaba al
fondo del abismo.
Pero en esa
obscuridad vio una
tenue luz titilante,
la mariposa que
llevaba el alma
de su abuelo a
ese lugar desconocido
al que van las almas
que han logrado
todo lo que
tenían que hacer,
todo lo que
podían lograr y habían
sido felices y
plenas. Las luces
a lo lejos
se pierden, todo
vuelve a ser
obscuridad, que se
acerca a él y que
lo toca, que
le dice que
no queda nada
y que lo
mejor que puede
hacer es tomar
su mano, dejarse
acariciar, dejarse llevar
por esa helada
y tosca marea
que anida en
su interior desde
siempre, que es
la única forma
de acabar con
el sufrimiento. El
funeral de su
abuelo fue a
la mañana siguiente,
no sintió ningún
placer en faltar
a clases ese
día ni ningún
otro de esa
semana, no lloró
en el funeral
y no pudo
hacerlo durante toda
esa semana llena
de días largos
y de noches
obscuras y amenazadoras,
tentadoras.
Los
ojos se abrieron
de manera automática,
el sueño fue
todo menos reparador,
su cuerpo siguió
adolorido, su mente
nublada, su fuerza
inexistente. Se dio
la vuelta en
el catre, sus
ojos agotados tardaron
en enfocar y
encontrar el objeto
de su búsqueda.
El papel vacío
lo llenó de
frustración y de
deseo, lamió el
papel hasta quedarse
con un trozo
del mismo en
su boca, se
dio cuenta de
lo patético que
era demasiado tarde,
entonces encendió un
cigarro, reviso en
el cajón, encontró
dos pastillas, sin
estar seguro de
que eran se
las metió en la boca
y se volvió
a recostar esperando
un efecto, el
que fuera.
Una
vida que no
se rige por
relojes y tiempos
es una vida
extraña y difícil de
seguir pues el
ser humano es,
más que cualquier
otra cosa, un
ser de hábitos
y rutinas, eso
es lo que
evita que perdamos
el control y
que todo lo
que hemos creado
se desvanezca. Su
vida hace mucho
dejó de regirse
por tiempos y
relojes, sus medidas
de tiempo se
volvieron los pulsos
de la ciudad
desquiciada, de la
gente siempre alerta
y bulliciosa, siempre al
borde de la
locura. En el
momento en que
las charangas comenzaron
a retumbar las
paredes de su
pequeño
departamento/oficina, supo que
era hora de
moverse, aunque ese
movimiento no tuviera
motivo ni destino.
El efecto esperado
de las pastillas
siguió sin hacer
acto de aparición.
Abrió la puerta
de la recamara
sintiéndose igual de
mal que ayer, con
dolor de cabeza,
con dolor en
todas las partes
del cuerpo, sin
un deseo particular
de vivir pero
demasiado acostumbrado a
eso, la maldita
inercia de la
vida. Su estomago
hizo ruidos extraños,
más que demandas,
súplicas por obtener
algo de alimento,
algo no químico,
algo real. Revisó
su bolsa, suficiente
apenas para un
café, se puso
la gabardina y
salió, en la
puerta de entrada
se encontró un
recado amenazante del
casero, 4 meses
de renta atrasados,
última notificación, no
recordó las otras
notificaciones pero eso
no quiere decir
que no se
las hubieran dejado.
El
exterior no resultó
más acogedor que
su lúgubre apartamento.
-El mundo se
cae a pedazos-,
pensó al ver
la locura reinante
en las calles,
que no por
haberse vuelto tradición
y rutina es
correcta. El descontento
y la insatisfacción se
podían sentir en
el aire, o
al menos él
se sintió capaz
de hacerlo, -todo
se cae a
pedazos, adentro y
afuera- completo el pensamiento pero
decidió dejarlo ahí para
no dejarse llevar
a parajes siniestros.
El
café y la
dona dieron una
falsa sensación de
calma a su
estómago que le permitió
a su cerebro
un poco de
claridad, sólo un
poco. Caminó varias
cuadras alejándose de
hecho del lugar
al que debía
ir, llegó a
un parque en
mal estado, más
tétrico que amigable,
más licencioso que
familiar, rápidamente encontró
a su dealer,
se tomó un
segundo, llevado por los nervios
y la necesidad
a plantearse una
estrategia, aunque está
estuviera condenada al
fracaso. El saludo
del dealer no
fue agradable ni
de la manera
más falsa, un
-cuantos quieres- fue
todo lo que
recibió, -dos- fue
su respuesta inmediata,
el dealer metió
la mano en
la bolsa, y
un segundo antes
de entregárselos, como
para ahondar su
sufrimiento y su
humillación, retiró la
mano, -traes dinero
verdad?- no pudo
contestar de inmediato,
debió estar preparado,
y pensó que
lo estaba, -te
los pago al
rato- dijo con
tono derrotado, agotado,
-siempre mal contigo,
esto es negocio,
no beneficencia- los
guardó le hizo
ademán de que
se fuera pero
un dealer de poca
monta se puede
dar el lujo
de tratar mal
a sus clientes
de poca monta,
pero también se
ve obligado a
trabajar a su
nivel, aunque eso
signifique fiar, sino,
no tendría para
comer -te doy
uno, pero te
va a salir
más caro- dijo
finalmente para acallar
las súplicas desarticuladas de
su cliente y
evitó esbozar una
sonrisa caricaturesca de
triunfo.
La
coca era de
muy mala calidad
y le dejó
la nariz adolorida
pero le dio el impulso
para enfrentarse a
las primeras horas
de su día.
A las dos
de la tarde
llegó al banco
para sacar el
dinero de su
pensión por incapacidad,
una cantidad casi
tan absurda como
su existencia pero
que, si lo
gastaba correctamente le
iba a dar
dinero para liberarse
del despojo. Regreso
a su departamento dos
horas después, tras
haber gastado la
tercera parte de
su pensión en
una dotación de
drogas de mala
calidad. Lo primero
que hizo fue
recostarse y el
sueño agobiante de
los adictos no
tardó en alcanzarlo.
Recordó
el sonido de
los pasos, el
eco, y de
inmediato su piel
se erizó, el miedo lo
consumió en un
instante, se sintió
como una masa
informe de dolores
y achaques, indefenso
e inútil, pero
en el sueño
siguió caminando, porque
ese sueño era
una amplificación de un recuerdo demasiado vivo
y demasiado doloroso.
El sonido de
los pasos se
amplió hasta el
infinito, en su
mente se genero
el pensamiento -¡vete, vete, vete!- y
opacó todo lo
demás, pero ese
sueño era su
tortura personal, su
pequeño pedazo de
infierno al que
constantemente se tenía
que enfrentar. Se
escucharon unos disparos
que le hicieron
cimbrarse, se detuvo
en el sueño,
sus pensamientos se
detuvieron, sólo pensó
en Israel, que
debía estar detrás
de él pero
no lo estaba,
no recordaba en qué
momento se habían
separado. Otra serie de
disparos, su mente
en el sueño
analizó las explosiones,
-R-15 y 45
especial- se dijo
y siguió -exmilitares-
los narcos que
no habían tenido
entrenamiento militar preferían
las 44 y
los cuernos de
chivo, los militares
difícilmente dejaban las
armas del ejército,
la parte de
su mente que
no era parte
del sueño, la
que lo veía
como espectador indefenso
dijo -y una
escopeta- pero no
pudo pasar la
información a su
otro yo, al
que iba a
acabar como sacrificio.
Corrió a la
zona de los disparos, no
encontró a Israel,
los otros dos
oficiales que los
acompañaban estaban en
desventaja, enfrascados en
la balacera, uno
de ellos herido.
La sangre del
otro cuando su
cabeza fue desbaratada
por las balas
llego a sus
pies y le
ofreció su reflejo,
el reflejo de
un condenado al
patíbulo, pero doblemente
condenado porque estaba
condenado a vivir
después de la
muerte. Se enfrascó
en la batalla,
logró organizarse con
el oficial que
estaba herido y
causó algunas bajas
a sus oponentes,
pero finalmente se
quedó sólo, el
fuego enemigo acabó
con su compañero,
y entonces escucho
la escopeta, Israel iba
en su ayuda,
los narcos se
dispersaron, -Claudio- escuchó
el grito, -aquí-
contestó, el silenció
se prolongó demasiado
tiempo, y finalmente
fue sustituido por
pasos. En la
acción original no
vio, no pudo
ver, y de haberlo hecho
se hubiera negado
a reconocer, la
mirada de decepción
y miedo cuando
Israel lo encontró
vivo, la que
probablemente se congeló
en su rostro
desde el momento
en que le
contestó, aún así
lo ayudo a levantarse, y
caminaron a la
salida. Y entonces
se escuchó la
escopeta de nuevo,
una vez, dos
veces, el dolor
se transportó del
sueño a la
realidad y las
decenas de pequeños puntos
en su espalda
comenzaron a supurar
dolor, y ese
dolor lo llevó
a abrir los
ojos, y la
miseria se desbordó
en llanto convulsivo
el cual duró
muchos minutos y
que sólo pudo
apagar tragando una
cuarta parte del
frasco que había
dejado junto a
su cama. El
sueño químico tardó
en llegar, pero
la esperanza en
la certeza de
que finalmente el
dolor desaparecería y
que dormiría sin
sueños, que la
miseria y la
desesperación volverían a
dormir, a ser
sólo incómodos huéspedes
de su cuerpo
y de su
mente, y que
tal vez, para
variar, podría tener
un momento de
sueño reparador, algo
que a duras
penas recordaba.
El
sueño químico duró
36 horas. Sus
ojos se abrieron
como puertas viejas
y desvencijadas y en al
menos un momento
se sintió incapaz
de abrir los
ojos. La escasa
luz del cuarto
hizo la operación
más molesta y
dolorosa pues a
él le pareció
como si le
hubieran puesto unas
linternas de alto
poder enfrente. El dolor
en la espalda
había amainado para
ese momento, las
punzadas estaban ahí,
pero se sentían
menos, una simple
molestia, un recordatorio
físico de su
miseria. Salió de
la cama se
mantuvo de píe
un segundo, el
tiempo que duró
la convicción de
que podría iniciar
el día sin
ayuda química. Se
dejó caer en
la cama, abrió
el sobre, preparo
dos líneas risibles
(para todo lo
que alcanzó el
papel) y se
recostó los segundos
que tardó en sentir
que el polvo
comenzaba a funcionar.
En el siguiente
intentó pudo mantenerse
de píe, y
fue consciente de
su aspecto, de
su cuerpo, llevado
hasta los huesos
por la mala
vida, del sudor
del miedo y
de la droga
por todo su
cuerpo, sintió asco
de si mismo
pero ese sentimiento
se diluyó en
el mar de
sensaciones y frustraciones, sin
embargo fue suficiente
para obligarlo a
bañarse, acto que
por cierto no
resultó nada agradable
ya que lo
hizo a jicarazos,
con agua fría
en un clima
helado.
Salió
a la calle,
de nuevo la
sensación de que
todo se estaba
cayendo a pedazos,
de que la
ira contenida se
podía sentir en
el ambiente le
llegó como una certeza
que lo intimidó.
Caminó sin rumbó
durante un buen
rato, hasta que
llegó a una
zona que se
le hizo familiar,
parte de otro
mal sueño recurrente.
Vio a Aura
a lo lejos,
uso la cámara
fotográfica para acercar
su imagen y
no pudo evitar
las lágrimas que
rodaron por sus
ojos y le
nublaron la vista,
sintió sus manos
en su rostro.
Sintió una de
sus uñas recorrerlo
traviesamente, sintió su
aliento muy cerca
de su rostro,
de sus labios,
y antes de
sentir la calidez
entrar en su
cuerpo y arrasar con
todo, desapareció, se quedo
con la cámara
en sus manos,
sintiendo el frío,
el llamado del
abismo.
Compró
una botella de
mezcal barato, desapareció la
mitad antes de
terminar con su
trabajo. Le tomó
tiempo orientarse, pero
el mareo y
la sensación de
estar entumido resultaron
casi agradables. Llegó
al bar una
hora tarde, pensó
que su cliente
ya se habría
ido pero estaba
equivocado. En la
mesa había unos
tacos y una
jarra de cerveza,
su cliente apenas
y lo miro,
no le invitó
ni de lo
uno ni de
lo otro, -me
trae las pruebas?-
preguntó a boca
jarro tras mirarlo
con algo de desprecio por
un segundo, el
señor era un
empresario, ganaba bien,
tenía mucho instinto
y olfato y
Claudio hedía a
mezcal, -traigo las
fotos- contestó y
alargo un sobre,
en el mejor
estilo de una
película en la
que un espía
entrega las pruebas
de que hay
un complot internacional, pero
la realidad era
mucho más pedestre,
mucho más burda
y a la
mexicana. Un empresario
rico y entrado
en años sospechaba
de su esposa
trofeo y para
obtener pruebas, humillarla
y dejarla, contrató
a un mediocre
intento de detective.
El empresario, con
más kilos que
años abrió el
sobre, pasó una
a una las
fotos, primero con
interés y luego
con hartazgo -aquí
no hay nada-
dijo y las
hizo a un
lado, -pedí pruebas-
Claudio lo vio,
sin estar seguro
de que decir,
la había seguido
por una semana
como habían acordado
y si bien
llegó a la
conclusión de que
la mujer se
había casado por dinero y
estatus y que
estaba terriblemente insatisfecha,
también estaba seguro
de que no
engañaba a su
marido, era demasiado
el miedo que
le tenía, -es
lo que quedamos-
dijo Claudio, -una
semana de seguimiento,
su mujer no
lo engaña- dijo
con su tono
de voz más
seguro, -esas son
pendejadas- dijo el
empresario, el desprecio
que sentía por
Claudio subió un
poco, finalmente sacó
un fajo de
billetes y se
los dio, Claudio
los contó con avidez, casi
con desesperación sólo
para terminar completamente
destrozado, lo que
había ahí era
apenas la mitad
de lo pactado,
y después de
haber malgastado la
pensión no le
alcanzaría para sus
gastos básicos, -esto
no fue lo
que pactamos- dijo
Claudio, intentando encontrar
valor, recordando que
lo había tenido,
que durante mucho
tiempo fue una
persona valiente, que
había visto mucho,
que se había
enfrentado a muchas
cosas y había
salido adelante, pero
la voz salió
como un chillido,
y el empresario
se dio cuenta,
el detective no
era valiente, ya
no lo era,
ni con los
químicos. Era una
persona sin fortaleza,
-y di que
te fue bien… para
el trabajo que
hiciste- tras eso
dio por zanjada
la discusión y
por terminada la
participación de Claudio
en su vida,
-pero no fue
lo que acordamos-
volvió a decir,
y uno de
los guaruras del
empresario se acercó,
intentó repetirlo, decir
que no era
justo, había intentado
mantenerse sobrio, había
controlado su ansia
por desaparecer el
tiempo suficiente para
hacer su trabajo,
pero en lugar
de palabras salieron
sonidos inconexos, parecidos
a los de un niño
frustrado por no
saber lo que
quiere y porque
nadie más lo
sabe y por
lo tanto no
lo pueden ayudar.
Sin valor y
sin fuerza pero
desesperado intentó quedarse,
hablar, pero mientras
mayor era su
desesperación, mientras más
grande era su
reclamo, con más
violencia reaccionaban los
guaruras, y terminó
en la calle,
humillado, golpeado. Se
levantó y el
cielo le dijo
que el día
no podría mejorar,
revisó la cámara,
estaba rota, revisó
la botella de
mescal, estaba en
perfecto estado, dio
un trago y
no se detuvo
hasta que acabó
con el contenido.
En su camino
errático rumbo a
su casa compró
otra botella y
la liquidó con
tragos largos y
rápidos sintiendo el
vapor del alcohol
subir a su
garganta, el reflujo
de todo lo
negativo al momento
en que el
líquido anestesiante chocaba
con sus jugos
gástricos. No llegó
a su casa.
Cayó en una
esquina y no
se sintió capaz de levantarse,
de seguir, se
quedo ahí rendido,
con frío y
humillación y su
mente se perdió
mientras su cuerpo
encontraba formas físicas
para demostrar su
terrible insatisfacción. Entre
la inconciencia comenzó
a escuchar y
retener los sonidos
de los transeúntes,
el desprecio que
sentían por él,
como si fuera
la representación física
de todo lo que está
mal con el
país, con el
mundo, con sus
vidas, un ícono
viviente, sucio, arruinado,
de la bajeza
humana, cuando de
lo único que
era culpable era
de no tener
fuerza para ser
alguien más, para
pelear contra la
inercia, en ese
sentido no era
mejor ni peor
que las personas
que pasaban a
su lado y
lo juzgaban como
un despojo humano,
su incapacidad para
ser otra cosa
sólo era más
obvia que en
los demás y
por lo tanto
más repulsiva.
Se
levantó tambaleante, llegó
al edificio cuando
ya había comprado
otra botella de mescal y
ya había pasado
del primer cuarto
de líquido. Subió
las escaleras lentamente,
agotado, con la
extraña esperanza de
llegar a su
departamento, de dormir
un poco en
un lugar que
fuera suyo, de
tener una madriguera
como todos los
animales, un lugar
seguro, pero encontró
la puerta cerrada,
y un mensaje
en el que
se le informaba,
con toda frialdad
que se le
había echado por
no pagar. Pero
no lo habían
echado realmente, sus
pertenencias seguían ahí,
lo que consideraba
suyo estaba ahí,
al otro lado
de la puerta
y eso lo
volvió loco y
se abalanzó contra
ésta, y golpeó
y pateó hasta
que, pese a
su debilidad logró
hacer que cediera
y entró desesperado,
como si en
las escaleras lo
acechara el demonio.
Buscó en el
closet su caja,
la caja de
los recuerdos, de
los tormentos, de
lo que había
sido y perdido,
que no podría
recuperar. Sus fotos
de cadete, sus
trofeos y medallas,
las recomendaciones. Toda
una vida de
triunfos que ya
no reconocía como
suya, una vida
de control, de
felicidad que en
ese momento le
parecía completamente ajena,
y de hecho
le pareció que
el Claudio de las fotos,
el héroe, el
que subió más
rápido que cualquier
otro, el que
nunca se había
corrompido, lo miraba
con desprecio, y vio
a Aura y
pensó que ella
lloraba al verlo
así y entonces
el lloró y
todo se hizo
obscuro y sintió
dolor en su
estomago y la
espalda exploto en
las decenas de
puntos de recuerdo
y de dolor
y Aura no
pudo seguir viendo
y se volteó
y el Claudio
de las fotos,
el que sabía
que no iba
a ser capitán
o comandante porque
no era corrupto,
porqué no se
vendía, el que
sentía que eso
no era importante
porque lo que
hacía sí lo
era, buscar criminales,
ayudar a las
víctimas, decirle al
abismo que él no
se dejaría seducir,
que tenía fuerza
para ver lo
peor de la
raza humana y
mantenerse en su
lugar, y el
otro Claudio se
sintió mal, porque
él tampoco había
cedido ante el
abismo, ante la
decadencia que le
ofrecía como salvación,
como forma de
olvidar el dolor,
sólo había cedido
a la desesperación
de ver todo
destruido y no
había tenido la
fuerza de comenzar
a reconstruir, pero
aún temía al
abismo a esa
obscuridad que lo
seducía y que no estaba
contenta porque decadencia
y degradación no
son lo mismo,
la degradación es
un acto débil
de sometimiento, es
una condena que
se acepta y
no se discute
pero que no
se busca, la
decadencia es activa
e intelectual, se
tiene que buscar
la perdición aceptar
que no hay
más consecuencias que
el fin, la
decadencia detesta a
la degradación, una
persona degradada no
puede ser decadente,
porqué la degradación
puede ser penitencia
mientras que la decadencia siempre
será condena, siempre
será perdición para
el que la
acepta y para
los que están
cerca y se
van a ver
arrastrados por el
remolino, la decadencia
no tiene remordimientos mientras
que la degradación
se compone de remordimientos, repetidos
una y otra
vez y Claudio
había cedido a la degradación
por no ceder
a la decadencia,
y el llanto
imaginario de Aura
y la mirada
iracunda del Claudio
de las fotos
fueron demasiado, tomó todo lo
que podía tomar
y se quedó
quieto, esperando a que su
cerebro hiciera corto
circuito y su
corazón explotara y
finalmente ocurrió cuando
sintió que la
noche llegaba, que
las manos frías
y seductoras lo
querían acariciar y
convencerle de seguirlas.
Despertó
tras haber soñado
mucho con Aura,
tras haber soñado
que estaba en
sus brazos, que
se besaban que
ella lo salvaba,
pero nadie como
no fuera él
mismo se podía
salvar. Aun no estaba
bien aun no
estaba tranquilo, la
desesperación recorría su
cuerpo por las
venas, dejando surcos
a cada paso,
y se incorporó
y gritó. Estrelló
su cabeza contra
la pared hasta
que sangró y
perdió de nuevo
el conocimiento y
en esa ocasión
Aura no lo
abrazó. Cayó en
un abismo y
la sensación pareció
durar por siempre.
Cierra las puertas y espera,
Ha llegado tu hora
Y dudo que alguien merezca
Un segundo así
Lo despertó
el sol violento
del medio día,
no tardó en
darse cuenta que
ya no estaba
en su departamento.
El desprecio destilado
de la mirada
de cientos de
transeúntes al ver a otro
perdedor que no
tenía la fuerza
para seguir la
monotonía y la letárgica
mediocridad de la
vida diaria lo
hizo entender, desde
antes que se
diera cuenta de
manera consciente, que
se encontraba en
la calle, despojado,
y en muy
mal estado. Se
mantuvo acostado primero
y luego sentado
un buen rato,
tal vez media
hora antes de
que ese desprecio
de los que logran
aferrarse a la
vida diaria convirtiera
la extraña sensación
de malestar emocional
en algo físico,
muy cercano a la necesidad
de droga, pero
de ningún modo
lo mismo. Se
incorporó con muchos
esfuerzos, su cuerpo
dolía en todos
los puntos, sus
músculos parecían a
punto de ceder,
más de una
vez sintió que
se iba a
derrumbar, por eso
mantuvo la mirada
baja, y se quedó
en ese lugar,
con la cabeza
funcionando al mínimo
necesario, hasta que
sintió que tenía
la fuerza suficiente
para echar a
andar, y lo
hizo pegado a
la pared, recibiendo
los golpes indiferentes
del resto de
la ciudad, del
mundo, de todos
los que se
dejan llevar en la marea
de la vida
diaria, que son
la marea de la vida
diaria, que logran
controlar sus deseos
y frustraciones, que
contienen los gritos
en su cabeza,
que no se
dejan llevar por
las tendencias suicidas
u homicidas, que
contienen la autodestrucción, y
que, con justa
razón recelan de
cualquiera que no
pueda hacerlo, que
sea una anomalía
en un sistema
que está condenado
a fracasar pero
que se mantiene
en píe y
se mantendrá en píe por
miedo, por el
miedo de enfrentarse
al abismo, a la caída
libre, a los
demonios que amenazan
nuestro edén monótono
e insatisfactorio.
Claudio
tardó mucho para
alzar la cabeza,
como un niño
que desea ver
al monstruo de
la pantalla pero
que no encuentra
el valor para
hacerlo, porque, además
de todo, su
lógica infantil le
indica que el
monstruo no está
en la pantalla,
sino en la
habitación y lo
único que evita
que lo devore
es el no
verlo, el no
reconocer conscientemente su
existencia. Pero finalmente
Claudio levantó la
vista para enfrentarse
a miradas perdidas, a
pensamientos aislados, a un sol
inclemente pero incapaz
de dar color y
luz a una
vida gris y
opaca. Vio sombras
donde no había, vio
monstruos donde no
había, vio una
realidad distinta, su
frustración y su
dolor tomaron matices
y jugaron con
las estructuras de
la ciudad y
con los rostros
de las personas,
y la debilidad
muscular se hizo
más palpable, más
inevitable la caída,
pero siguió caminando
con la seguridad
de que si
caía ahí se
perdería en la
acera, sería un
cadáver devorado por
los edificios y
esa idea no
le dio ningún
consuelo. Finalmente llegó
al parque de
los condenados, a
ese lugar que,
pese a las
pretensiones gubernamentales de
convertirlo en un
lugar seguro y
familiar, nunca dejaría
de ser el
lugar de reunión
para lo peor
de lo peor,
para los cobardes
insatisfechos que asechan
cuando su psique
ya no puede
soportar las contradicciones entre
sus deseos secretos
y la vida
que llevan, para
aquellos que calladamente
y sin plan o
esperanza se han
revelado contra el
sistema de manera
apática y absurda,
que como única
forma de batalla
han decidido dejar
de nadar y esperan a
ahogarse, y los
verdaderos monstruos, pero
también los más honestos,
los sociópatas que
usan las huestes
de almas en
pena para enfrentarse
con ímpetu suicida
a la estructura,
que pretenden resquebrajarla a
cabezazos, y que
están condenados a
brillar por un
segundo y morir,
en ese lugar
se derrumbó por
un segundo y
tardó mucho tiempo
en despertar. Cayó
en un sueño
largo y pesado
pero para nada
reconfortante, y en
su sueño caía,
interminablemente en una
obscuridad total excepto
por el firmamento
que era el
rostro de Aura,
una pintura preciosa
y perfecta, una
creación de su
imaginación exenta del
paso del tiempo,
de los estragos
que los sentimientos
hacen en el
cuerpo humano, en
el rostro, una
obra más que
humana que no lo veía
caer, que no
le ofrecía ni
aliento ni valor,
que miraba un
punto alejado de
él mientras lo
único que él
podía ver era
su rostro imperturbable
y sentir la
caída y el
desasosiego y el
frío de no
estar conectado con
lo humano, de no
ser más, sino
mucho menos que
un ser humano.
La caída y
el sueño terminaron
de súbito pues
los dolores de
la adicción lo
hicieron despertar, abrir
los ojos, enfrentarse
a la realidad
que resultó apenas
un poco mejor que
el sueño con
la caída interminable.
Con el cerebro
hecho una maraña
aún, reconoció el
parque, el frío,
el abandono. Poco
a poco se
dio cuenta de
que por fin
había perdido todo,
que había tocado
fondo, se dio
cuenta sin tener
que ver su
reflejo, que estaba
hecho una piltrafa,
su cuerpo no
se había contenido
y ahora tenía
que andar con
los aromas de
sus desechos en
su ropa.
El
atardecer se presentó
triste, el rojo
era opaco y
carente de vida
y las nubes
parecían displicentes a
lo que ocurría
a ras de
tierra. Él se
encontró demasiado afectado
como para saber
que hacer pero
se encontró con
la mezquina solidaridad
de los muertos
vivientes de la
ciudad, de esos
que ya no
nadan pero aun
no se ahogan,
que funcionan como
manadas de perros
apaleados recelosos del
mundo y de
los demás pero
demasiado conscientes de que no
tienen nada que
ofrecer y que,
generalmente, no hace
daño uno más,
al menos de
momento, pero que,
al mismo tiempo,
no pueden ser
más fieles, más
solidarios que en
el instante que
el instinto lo
indica, que al
final serían capaces
de apuñalar a
su amigo si
de eso depende
tener una dosis
mayor o tener
un lugar cómodo.
Pero como novato
en el abismo,
Claudio encontró la
ayuda que pedía
en las manos
de sus residentes,
y al menos
por un par
de días resultó,
le permitió establecer
un mínimo de
estabilidad en el
deambular diario en
el temor a
los transeúntes y los policías,
aunque nunca llegó
a sentir odio
por ellos como
los demás.
Las
drogas de los
desposeídos no ofrecen
paz ni euforia,
no ofrecen placeres
como las de
los ricos, lo
único que pueden
dar, y que
para esas personas
es suficiente, es
el entumecimiento de la mente,
del cuerpo y
de los sentimientos,
convierten al cerebro
en una gelatina
incapaz de coordinar
los pensamientos más
elaborados, de discernir
entre los sentimientos,
todo se convierte
en un flujo
de piezas inconexas
y si uno
no se toma la molestia
de intentar analizarlo
o poner orden,
permite vivir, y
Claudio hizo eso
por muchos días.
Claudio se unió
a la manada,
durmió donde pudo,
buscó comida en los basureros,
pidió limosna, todo
de una manera
silenciosa y fantasmal,
como una sombra
que se escapa
del cuerpo que
la proyecta y
que no se
le ocurre otra
cosa que humillar dicho
cuerpo, dicha esencia,
haciendo todo lo que
este no haría.
Su vida durante
esos días fue
llevada por el
viento, por esa
marea subterránea. El
único interés en
su mente era
la siguiente dosis,
y pasó mucho
tiempo completamente nublado,
completamente perdido al
exterior, sin tener
idea del pasar
del tiempo, sin
contar los días,
sino las dosis,
hasta que estas
dejaron de ser
medibles. Sí los
días no son
una medición del
paso del tiempo,
tampoco lo es
el día y
la noche, sólo
el agotamiento del
cuerpo, los momentos
de lucidez, que
son atormentantes, la
dosis que permite
volver a la
estupidez y a
la rutina sin
sentido y sin
fin. Y el
mundo se llenó
de sombras y de luces
extrañas, de rostros
y de voces
sin procedencia definida,
la locura pasiva
llegó para anidarse
en su mente
y en su
corazón y Claudio
pareció aceptar esa
nueva irrealidad, esa
no vida, hasta
que también se
vio obligado a
despertar de ese
sueño-pesadilla, de esa
otra no-vida (porque
todas son no-vida
de una u
otra forma).
Claudio
sintió entre el profundo
sueño y la
desensibilización de las
drogas una mano
recorrerlo. Desde que
había caído al
abismo había rehuido
dormir con la
manada, no tanto
por miedo sino
por repulsión al
exceso de compañía,
a esa masa
de rostros y
de cuerpos, de
desesperación y de
miseria. La miseria
de Claudio era
solitaria. Las manos
buscaron automáticamente el
botón y el
cierre, buscaron el
sexo y las
zonas blandas. El
primer instinto fue
gritar pero optó
por fingir que dormía,
una completa inconsciencia
comenzó a apoderarse
de él, hasta
que una voz
dentro de él,
comenzó a hablar,
una voz que
no era la
suya pero que
no por eso
le parecía extraña.
-¿Sabes a que
huele? A coñito,
eso es lo
que eres- escuchó
decir a la
voz en su
interior mientras las
manos sucias y rasposas lo
recorrían, -sí, a eso huele,
eres un coñito,
nada más, no
vales nada, no
sirves para nada,
y este infeliz
te va a violar
y te va
a convertir en
una bolsa de
basura para sus
desechos, OH sí,
eso es lo que va
a pasar- Claudio
imaginó que se
tapaba los oídos
pero la voz
siguió hablando y
hablando, y subió
el tono hasta
que fueron gritos
inconexos, sin sentido,
que llenaban su
cerebro y no
le permitían pensar,
ni descansar, ni
perderse, y una
rabia sorda y
ciega se hizo
presente en todo
su cuerpo y
en su mente
y nubló todo lo
demás, y su
mano encontró la
mano que lo
recorría y la
detuvo -vamos- fue
todo lo que escuchó
de la otra persona
pero no entendió
lo que decía,
en su mente
sólo se escuchaban
los gritos histéricos
y desquiciados de
la voz aguardentosa,
-coñito, coñito- la
mano sólo ejerció
fuerza una vez,
a la segunda
negativa se retiró,
pero era demasiado
tarde, ya Claudio
tenía presionados los
dedos y los
movía en un
ángulo que no
podían causar otra
cosa que dolor,
y el grito
fue ahogado en la noche
y él no
lo escuchó porque
sólo podía escuchar
la voz en
su cabeza, y
los dedos cedieron
y Claudio se
incorporó y comenzó
a golpear al
dueño de la
mano, que sollozaba
sin sentido y que pedía
perdón a la
nada por dejarse
llevar. Claudio se
incorporó y pateó
el cuerpo hasta
que sintió que
tocaba un globo
desinflado, hasta que
sintió que no
había más resistencia.
Dejó un cuerpo
lacerado, una mandíbula
rota, una mano
inservible, incluso el
sollozo y la
disculpa insignificante habían
desaparecido porque había
quedado inconsciente, pero
de haber seguido, de
haberse marcado en
el viento no
hubiera importado porque
Claudio sólo podía
escuchar la risa
estruendosa e idiota
de la voz
en su interior.
Anduvo y
anduvo sin detenerse
hasta que salió
el sol y
por más tiempo
como si así
pudiera exorcizar la
voz, la risa
que lo contaminaba
más que los
químicos que había
inhalado por días.
Se alejó del
parque de los
condenados, pero no
demasiado, dio vueltas
al rededor, como
animal en busca
de presa, y
la presa finalmente
llegó, como en una coreografía
absurda e innecesaria
pero de la
que no se puede prescindir,
como los lobos
que esperan a
los alces o
a los venados,
como los leones
que cazan a
la cebra, cada
uno conoce los
movimientos del otro,
saben qué va
a pasar pero
no pueden adelantarse,
no pueden romper
con la coreografía
y salvar la
vida, y eso
es lo que
hace esa cacería
tan maravillosa. Que
el lobo, que
el león, el
tigre, saben perfectamente
que su víctima
los percibe, sin
importar cuan bien
se escondan o
finjan; que el
alce, el venado,
la cebra, el búfalo, saben
perfectamente que el
predador está ahí
y va a correr, y
que un segundo
antes o después
realmente no importa,
uno de los
suyos va a morir, y
que tal vez
sería mejor evitar
la tensión, salir
corriendo en el
momento en que
el viento les
lleva el aroma
de la muerte …. Pero
no lo van
a hacer, ni
uno ni otro,
ese segundo de
tensión que se
extiende, ya sea
una cacería solitaria
o en equipo,
ya sea un
sólo animal o
una manada, ese
segundo de tensión
que se extiende
y puede hacerlo
por minutos o
horas, es la
razón por la
que existen, es
la única razón
por la que
pastan y corren,
no es el
alimento, es la
vida y la
muerte, ese es el
verdadero sentido, ese
momento que se
hace eterno y
que acaba tan
rápido es la
razón por la
que existen, es
la caída libre,
que nunca se
sabe cuando comienza
ni cuando acaba
y que es lo único
que apacigua la risa desquiciada
en el interior
porque ese instante
es el único
en el que
se está realmente
vivo, en el
que hay una
razón para que
la sangre fluya
día tras día
por nuestro cuerpo,
para que existan
las ideas y
las creaciones, para
que la vida
siga y el
hombre construya e
invente, por un
momento que es
efímero e inaprensible.
Y Claudio lo
sintió mientras daba
vueltas hasta que
su dealer llegó.
Y dio más
vueltas, buscándolo, cercándolo
con una excitación
absurda de tan
fuerte, enfermiza, hasta
que fue el
momento de acercarse
y entonces se
sintió como un
niño pequeño y
desamparado y la
voz siguió en
el fondo, atenta,
lista para saturar
su mente si se
acobardaba. Claudio se
acercó al dealer
-dame un papel-
le dijo con
voz tímida, para
nada fingida, producto
de la irrealidad
en que se
había sumergido, de
los químicos que lo habían
mantenido entumecido. El
dealer lo miró
un segundo, lo
reconoció, pero en
el análisis rápido
se dio cuenta
que ese cliente
ya no le
podía ofrecer nada,
que era demasiado
poca cosa incluso
para él y
lo mandó al
diablo con un
movimiento de su
brazo. Claudio no
supo cómo reaccionar,
volvió a pedir
el papel -te
lo pago al
rato. Por favor-
Con hartazgo y
desagrado el dealer
le dijo -lárgate-
y lo tomo
del suéter raído
y lo empujó,
pero Claudio se
aferro a sus
brazos y pidió
el papel. Desesperado
el dealer comenzó
a forcejear para
deshacerse del adicto
que lo hacía
visible, intentó golpearlo
pero no pudo zafarse del
agarre de sus
manos y la
cabeza de Claudio
comenzó a retumbar
de nuevo -sabes a
que huele?- y
Claudio gritó -no,
no quiero saberlo,
cállate- porque para
ese momento ya
sabía que la
voz en su
cabeza no lo
escuchaba a menos
que hablara en
voz alta -huele
a coñito- dijo
la voz en
ese momento y
soltó una carcajada
que lo obligó
a cerrar los
ojos por el
dolor y el
desagrado que le
provocó -huele a
coñito, eres tú?
O es él?-
y volvió a
reír, una carcajada
aguardentosa, sucia, un
reflejo de todo
lo que había
tomado en los
últimos años y
que no le había
afectado visiblemente, un
retrato de Dorian
Gray mental, -eres
tú o él?…
eres tú, estoy
seguro que eres
tú- dijo la
voz y comenzó
a cantar sin
ritmo y sin
sentido -coñito, coñito,
eres un coñito-
entre carcajadas. Claudio
reaccionó y ejerció
presión, a su
mente llegaron el
jiujitsu y el
krav maga, el
box, todo lo
que aprendió en
la policía. No
le costó trabajo,
soltó el agarre,
tomó un brazo
y lo dobló.
La tensión le
pareció insignificante y
cuando la articulación
tronó, por primera
vez él y
la voz en
su interior parecieron
sincronizarse, pues los
dos rieron. Claudio
se concentró en
los riñones, hasta
que el dealer
perdió la fuerza
de sus piernas,
los intentos del
dealer por defenderse
resultaron absurdos. Sin
caer en la
inconciencia quedó fuera
de combate y
pasó un buen
rato antes que
Claudio se diera
cuenta que estaba
golpeando un cuerpo
sin resistencia. Entonces
buscó en los
bolsillos hasta encontrar
toda la carga
de coca, abrió
uno a uno
los sobres y
los metió en
su nariz, hasta
que se sintió enfermo y mareado, y
la nariz comenzó
a sangrar, en
ese momento se dio cuenta
que tenía una
erección, algo que
no le pasaba
hace mucho, estaba excitado, a
un paso del
orgasmo, y aunque
no lo pensó,
probablemente pasó lo
mismo con el
vagabundo. Quedó tirado
disfrutando la intoxicación,
la confusión del
cuerpo y de
la mente, esperando
el final, seguro
de manera completamente
inconsciente que había
terminado de destruir
su mundo, que
las bombas atómicas
habían volado de un
lugar a otro
y que la
destrucción había sido
total, que no
quedaba nada de
él, de su mundo, que
podía morir, ser
libre para morir
y desaparecer, desvanecerse
en ese parque.
Pero no murió,
porque ya no
estaba vivo, porque
había entrado en
la caída libre,
en el terror
y la emoción
de la caída
libre, en la
obscuridad, porque cuando
eso pasa ya
no estas vivo,
pero tampoco estás
muerto y nada
te puede matar excepto el
golpe con el
que acaba la
caída pero ese
golpe nunca se
sabe cuándo va a
llegar y
mientras eso pasa
se sigue cayendo
y cayendo y
la vida ya
no significa nada
porque a un
tiempo se siente
pasión y terror y
el mundo y
el cerebro se
descomponen y todo
se ve de
manera distinta, con
el desinterés de
estar cayendo, de
estar en la
nada, esperando el
impacto, esperando el
final, que no
se sabe cuándo
va a llegar
ni como, sólo
que va a
ser un golpe
que va a
acabar con todo,
pero mientras tanto
lo demás no
importa. Y por
eso no importa
que su mundo
o cualquier otro
haya sido destruido
o que las
cucarachas evolucionen y
lo conquisten o
que quede un
hombre y una
mujer y reconquisten
el mundo con
una progenie nueva,
nuevos adanes, nuevas
Evas, nuevos Caines
y Abeles, porque
la caída es lo único
que importa y
sólo el golpe
final lo puede
terminar todo, pero
ese golpe no
llega cuando uno
quiere.
Claudio
dejó el parqué,
con las bolsas
llenas de paquetes
de coca y
la pequeña pistola
del dealer guardada.
No había ninguna
sensación de placer
en su cuerpo,
pero al menos
ya no sentía
ese entumecimiento patético
de antes, su
cuerpo, todo su
cuerpo estaba en
alerta, su corazón
a punto del
colapso y su
cerebro a punto
de derretirse, pero
no hubiera cambiado
esa sensación por
nada del mundo.
Casi sin darse
cuenta llegó al
edificio donde solía
vivir, la voz,
que intoxicada por
la droga había
caído dormida, y
de hecho Claudio
podía escuchar sus
ronquidos, despertó, -sabes
que tienes que
hacer, verdad? Si
quieres volver a
ser un hombre-
Claudio asintió, subió
los escalones y
cruzó la puerta.
Se movió mecánicamente
por los pasillos
hasta encontrar el
departamento del encargado,
antes de intentar
otra cosa metió
otra grapa en
su cuerpo, la
voz de su
interior rió de
manera desquiciada y
Claudio sintió como
si algo se
restregara en las
paredes de su
cabeza. La puerta
cedió después de
varias patadas, Claudio
entró de manera
apresurada y se
encontró con que estaba
sólo, la voz
comenzó a molestar
de nuevo -sabes
a que hueles?
A mierda, a
mierda, de la
peor clase, a
mierda de perdedor,
báñate porque tu
hedor me marea-
Claudio suspiró, -cállate-
dijo casi gritando
pero la voz
resultó ser muy
quisquillosa y siguió
-hueles a mierda,
no entiendes, me
mareas, báñate, báñate,
báñate- y el
eco provocado en
su cabeza por
los gritos fue
suficiente para convencerlo
de que se
debía bañar. Se
despojó de sus
ropas, de las
cuales por fin
sintió asco al
momento de ver
el estado en que se
encontraban, y tomó
un baño, largo,
casi reconfortante. A la hora
de salir se
vio en el
espejo, no reparó
en lo maltrecho
de su cuerpo,
sino en el
tatuaje mal posicionado,
a medio camino
entre las costillas
y el abdomen,
muy mal dibujado,
una calavera deforme,
semejante a una
catrina y a
una calavera de
día de muertos
y a un
dibujo infantil y
por lo tanto
casi amorfa y
horrenda, y relaciono
la voz con
el tatuaje y a grandes
rasgos recordó cómo
llegó esa marca
deplorable a él,
fue al comienzo
de su caída,
cuando algunos policías todavía
lo buscaban, uno
de ellos lo
invitó a salir
de putas, pero
la borrachera acabó
mal, el terminó
con ese tatuaje
y llorando y
el policía que
lo invitó a
salir terminó con
las dos putas
y probablemente con
una infección venérea.
Recordar eso pareció
ser la clave
para sentir el
agotamiento por primera
vez en un
buen rato, entró
al cuarto y
cayo rendido, desnudo.
En su sueño
buscaba a Aura
en la bodega
en que su
vida terminó, corría
a su encuentro,
para protegerla, de
qué? Quien sabe,
pero una y
otra vez, antes
de llegar, la
escopeta sonaba, el
dolor físico no
llegaba, pero el
sueño se reiniciaba
una y otra
vez, generando un
dolor emocional más
difícil de manejar.
Y finalmente despertó
cuando escucho una
voz -¿Que coños?
¿Me robaron?- El
despertar fue sorprendentemente rápido
tomando en cuenta
su estado -sabes
qué hora es,
verdad?- dijo la
voz interna, su
Hyde, Claudio no
contestó, -sabes qué
hora es, verdad?-
volvió a decir
la voz alternando
el grito demandante
con el murmullo
sugerente y en
ese momento el
encargado metió la
nariz en su
cuarto, tratando de
definir que se
habían robado, encontró
el cuerpo esquelético
de Claudio sobre
su cama y
la incertidumbre se
convirtió en ira
-maldito drogadicto- alcanzó
a decir antes
de lanzarse contra
él, -ahora, ahora,
ahora- grito la
voz interna y
Claudio la imaginó
babeando, como poseída,
desquiciada del placer
que le anunciaba
ese momento, -ahora,
ahora, ahora, ahora-
volvió a gritar
como niño malcriado
que espera que
sus berrinches logren
que sus deseos
se cumplan, pero
Claudio no hizo
nada sino hasta
que el administrador
estuvo junto a
él, entonces lo
recibió con una
patada en el
rostro y se le abalanzó,
la pelea no
duró mucho, cuando
su oponente intentó
correr Claudio lo
derribó y tomó
la pistola, disparo
dos veces al
piso, a centímetros de
su cuerpo y
la erección regresó
al ver el
terror en el
rostro de su
oponente, al sentir
el poder que le confería
ser el predador
y no la
presa, y escuchó
la risa estúpida
de su voz
interior y lo
imaginó como si
la baba le
saliera por la
boca y se
derritiera en esa
espuma corrosiva y
al final no
quedara más que
un charco de pus riendo
estúpidamente. Y es que antes
de la cacería
fue la violencia,
antes de entender
que los animales
podrían darles alimento
y vestido fue
el hecho de
poder dominar a
alguien más, de
destruir, y no
sólo a los animales, sino
a los semejantes,
esclavizarlos, humillarlos, llevarlos
al límite, matarlos,
despojarlos de todo
lo que son
o podían ser
y bañarse en
la sangre, y
mucho tiempo ese
fue un placer
superior al sexo
y por eso la
cacería y la
guerra eran cosa
de hombres, porque
querían el placer
sólo para ellos,
porque andaban desnudos
con erecciones, con
pensamientos erráticos, matándose
unos a otros,
destruyendo todo a su paso,
porque ese es
el placer más
primitivo y más
absoluto que el
ser humano pueda
conocer, y por
eso fue que
se tardó tanto
en desarrollar el
lenguaje, la cultura,
la vida, porqué
crear barreras psicológicas
y emocionales contra
eso es muy
difícil.
Claudio
lo miró un
momento, volvió a
disparar pero no
lo mató -quédate
ahí- le dijo,
buscó algo de
ropa y comenzó
a vestirse. -Donde
están mis cosas?-
preguntó una vez
que se había
vestido.
Adrenalina desalmada abre grietas ondas
Nada recicla esta contención, el choque
no se puede evitar.
El
cuarto era pequeño
y estaba en
mal estado, por
todo adorno las
paredes y el
techo mostraban las
manchas de humedad
y moho. En
ese nuevo espacio,
en el que
apenas entraban las
cajas, un catre
y él de
píe, se preguntó
si tendría la
fuerza para encarar
su tragedia, la
bola de nieve
en la que
se había visto
atrapado y cambiar
de rumbo. El
nudo en la garganta que
se formó en ese momento
le hizo entender
que no. Se
derrumbó en el
catre y trato
de no pensar,
de olvidarse de
todo y, con
un poco de
suerte de desaparecer.
Lo único que
logró fue sentir
como su cuerpo
comenzaba a necesitar
droga después de
sólo unas horas,
sintió con claridad
ese cosquilleo que
nacía de la
punta de sus píes y
que se extendía
y hacía más
fuerte, hasta llegar
a su cerebro
y convertirse en
un grito interno
que lo nublaba
todo. Sintió la
necesidad de tomar
la foto de
Aura pero supo
que no tenía
derecho a hacerlo,
que no podía
verla porque se
había dejado arruinar
y que verla
sólo dolería más,
intentó ser fuerte,
pese a saber
que el esfuerzo
resultaría vano, se
contuvo todo lo
que pudo, hasta
que la voz
regresó triunfante, acompañada de
dolor y
de comezón. Claudio
entendió en ese
momento que la
salvación le había
sido vedada por
su incapacidad de
sobreponerse, de ganarse
esa batalla, nunca
más vería la
luz. Quedaron entonces
dos opciones, la
pasividad de la
degradación que en
realidad es penitencia
o la acción
de la decadencia
que es la
única forma honesta
de condenarse. Las
dos opciones se
presentaron ante Claudio
casi de manera
física, pudo verlas,
palparlas, saborear lo
que cada una
le ofrecía y una vez
más no encontró
valor. El valor,
esa cualidad que muchas veces
es imperceptible pero
es necesaria para
tener un mínimo
de control sobre
la vida. Se
levantó de la
cama intentando controlar
su cuerpo que
estaba a un
paso de la convulsión, intentando
acallar la voz
que para ese
momento saturaba su
cerebro con gritos
incongruentes. Intentó gritar,
intentó imponerse un
mínimo de control
pero nada funcionó
y cayó. El
golpe en la
cabeza y el
frío del piso
parecieron no importar.
Se estiró, el
contacto con la
pistola pareció calmarlo
un poco, se
hincó, respiró profundo,
buscó en su
interior la fuerza
para controlar el
temblor en su
mano, en todo
su cuerpo, levantó
la pistola a
la altura de
su sien, con la idea
fija de que
sólo una bala en
su cerebro haría
callar a la
voz y terminaría
con el dolor
y con la
incomodidad, así como
la gran guerra
acabaría con todas
las guerras, un
último momento de
sufrimiento que pusiera
fin al dolor.
Puso el cañón
en la sien
y presionó hasta
sentir la incomodidad
del frío metálico
y cómo este
cedía lentamente al
calor del cuerpo,
cómo intentando humanizar
el arma, pasar
vida a lo
muerto. Tembló y sollozó
y se dio
cuenta que no
podría hacerlo pues
la orden de
apretar el gatillo
nunca pasó por
las terminales nerviosas
hasta el dedo.
Su frustración aumentó
y paso de
la sien a
la boca, acto
más incómodo pero
igualmente absurdo porque
o se tiene
el valor de
acabar con la
vida o no
se tiene y
Claudio había demostrado
no tener el
valor, no tener
la capacidad de
acabar de manera
limpia con su
sufrimiento y cambiar
la posición de
la pistola, el
ángulo de entrada
de la bala
no serviría de
nada pues una
bala no mata
a menos que
salga de la
pistola, las balas
son como las
ideas, se puede
acumular un arsenal
capaz de destruir
al mundo pero a menos
que se dejen
volar, que se
les libere para
que recorran ese
mundo y lo
desgarren son inocuas
e inservibles. Claudio
dejó la bala
en la pistola
y la privó
así de su
destino trascendente (acabar
con una vida) y se
privó de la
libertad que ejerce
la muerte, o
cuando menos de
la posibilidad de
la libertad que
ofrece la muerte,
pues la verdad
es que nadie
sabe que es
lo que hay
detrás del velo
de la vida,
si es mejor
o peor, o
si hay algo
más, todas son
especulaciones, pero él
no fue capaz
de juntar el
valor para dar
el salto y
averiguar qué es
lo que espera
del otro lado,
si es que
algo espera del
otro lado.
Una
vez que entendió
que carecía de la
capacidad de suicidarse
aventó la pistola,
pasó la mano
por su rostro
y se llenó
de mucosidad. Vio
el cuarto, imaginó
un espejo inmenso,
de pared a
techo, lo lúgubre
del cuarto se
convirtió en el reflejo
de su interior,
el moho, las
manchas de humedad
y el descarapelamiento de
la paredes fueron
metáforas de su
situación interna, de
su degradación, de
la ausencia de
fuerza y de
valor. Una vez
más intentó ver la luz
pero no pudo,
supo de nuevo,
pero está vez
de manera más
consciente que sería
incapaz de nadar,
de intentar salvarse,
supo también, de
manera más consciente,
que le quedaban
dos opciones, aguantar
hasta que el aire de
sus pulmones se
agotara y el
fin llegara después
de mucha angustia
y desesperación o
nadar al fondo,
ver que tan
lejos podría llegar,
ver si podría
tocar el fondo
del océano, ver
esas maravillosas y
aterradoras criaturas que
se esconden donde
la luz no
llega, ver frente
a frente a
los monstruos y
a los demonios,
sonreírle a la
perdición y aceparla
por fin. La
risa de la voz interior
fue la respuesta.
Claudio permaneció recostado
en el suelo, hasta que la voz, está vez casi
con cariño, casi de manera maternal, le
susurró -ya sabes lo que tienes que
hacer, verdad?- la respuesta de Claudio fue un lacónico
-sí-.
El sueño
llegó como un
arrullo, como un
oleaje tranquilo en
una noche sin
estrellas. La voz
de su abuelo
se acercó a
su mente para
separarlo de las
ensoñaciones en brazos
del abismo, pero
no funcionó, su
abuelo estaba muy
lejos y Claudio
muy cansado. Las
pisadas se repitieron
en su mente,
los disparos lejanos
también. Pero la
secuencia no se
repitió como era
costumbre pues el
final del pasillo
lo llevó a
otro recuerdo, uno
obscuro y escondido,
casi perdido entre
los confines de su mente,
que le hizo
recordar que su
blancura inmaculada no era más
que una fachada,
que en él
había un monstruo,
agazapado, acechante, latente,
obligado a dormir,
pero no desaparecido.
En el sueño
que recuperó su
recuerdo Claudio corría
y peleaba y
golpeaba hasta la
inconsciencia a otra
persona. Los pretextos
que Claudio se
dio toda la
vida por ese
acontecimiento no servían
ya porque no
podía engañarse, la
excitación que sintió
al intervenir en
la pelea y
al someter a
otra persona se
hicieron patentes, con
toda su fuerza,
y la vergüenza
que sintió siempre
por haberlo hecho
fue repudiada por
su mente y
por su esencia.
Despertó con
una sensación perversa
de satisfacción, como
el niño que
logra encontrar una
falla en el
castigo de un
padre, como el
criminal que sabe
que al final
será encontrado inocente
o el pecador
que llega a
la conclusión de
que Dios no existe. El
sol aún se
mostraba impetuoso y
arrogante, Claudio, cual
predador nocturno decidió
esperar al crepúsculo,
y mató las
horas afinando el
plan que se
había formado al despertar,
saboreando la hibris
que comenzaba a crecer en
él, que lo
envolvía y lo
absorbía cual tumor
implacable.
El cielo
se mostraba inflamado
con la sangre
de todas las
guerras y de
los sacrificios innecesarios
cuando Claudio salió
finalmente a la
calle. Excitado y
nervioso se enfrentó
al mundo, al
mundo viejo, descolorido
que se descarapelaba
a su paso,
con una presencia
distinta, con una
mirada modificada por la realización
de la realidad
del mundo y
de sus ser,
moviéndose con un
ritmo distinto, nuevo.
Cuando la banda
sonora de tu
vida ha sido
un aullido opaco
y amordazado, el
andar se hace
guiado por un
zumbido inconstante y
aburrido. Pero cuando
descubres que el
sonido ha cambiado
y que es
un grito gutural,
con saliva y
sangre, con dolor
en las cuerdas
vocales, pero completo,
constante y orgiástico,
el ritmo del
movimiento cambia, se
modifica completamente por
el efecto de
una alquimia pre-moderna
y pre-social. El cuerpo
responde con contracciones
y placenteros malestares,
porque, el alma
no cambia, el
alma es una
pero se encuentra
a sí misma,
y si se
encuentra a si
misma se vuelve
perfecta y la
estructura que se ha formado
alrededor de la
larva debe adaptarse
para darle espacio
a las alas
y a los
colores, que se
han formado sin
necesidad de capullos
o protección, como
una mutación intempestiva
de la vida,
que al mismo
tiempo anuncia su
fin.
-Sabes a
que huele?- preguntó
la voz en
su interior, gritando,
restregándose excitada en
las bóveda de
su cerebro, -sabes
a que huele?!-
repitió con más
fuerza, saturando con
reverberación el cerebro
de Claudio, -huele
a sangre, sangre,
sangre, sangre!- dijo
sin esperar respuesta
la voz, y
con una furia
tal que resultó
casi incomprensible, -vamos
por sangreeeee!- dijo
la voz, y
Claudio sonrió, filtrando
su emoción fría
a un mundo
que era incapaz
de comprenderla.
Llegó a
la casa del
empresario que lo
contrató meses atrás
para seguir a
su esposa. Llegó
a su mente
el episodio del
bar, y la
repulsión lo recorrió,
hacia él, hacia
el empresario, hacia
la esposa. Se
tomó un momento
para reconocer el
terreno. La casa
era grande, lujosa,
pero principalmente, mal
custodiada. –Sangreeeeee!- grito
la voz en
su interior. Claudio
casi le grito
de vuelta -cállate!- pero
se contuvo pues
la voz interna
sólo la escuchaba
él, pero su
voz sería escuchada
por todos, además,
la voz no
se habría callado,
lo sabía bien
porque compartían, por
primera vez, la
excitación, de la
misma manera y
al mismo nivel.
Claudio tomó
por la espalda
a uno de
los guardias con
una llave, ejerció
fuerza hasta que
el cuerpo se
derrumbó. Cuando comprobó
que había perdido
el conocimiento se
detuvo, muy a
pesar de la
voz que grito
cual berrinche infantil
-másmásmásmásmásmásmásmásahoraahoraahora!- Claudio
murmuró un -cállate-
mientras peleaba con
la comezón en
sus venas, y
en su cuerpo,
no sentía que
los vigilantes fueran
su objetivo, pero
el también quería
sangre y rápido.
Entró en la
casa tras inutilizar
a otro de
los vigilantes y
aunque había estado
ahí en una
sola ocasión -el
empresario le indicó
que estaba demasiado
sucio para entrar
en su casa-
se orientó con
bastante facilidad. Su
corazón latía con
fuerza, el proceso
era casi doloroso,
pero su exterior
logró conservar la
calma que su
interior se negaba a
lograr. Lo encontró
en su recámara,
cambiándose, alistándose para
el descanso. Durante
unos segundos fue la sombra
del ángel de
la muerte observando
el presente volverse
pasado, porque lo
que en ese
momento estaba vivo
no tardaría en
morir. Ese momento de
apreciación del tiempo
activo desapareció cuando
el empresario observó
la sombra -qué?-
alcanzó a decir
sin verdadero asombro,
miedo o ira,
sino con un
sonido indefinido, casi
imposible, que era la mezcla
de todo eso y más.
El sonido fue
acallado por otro
más fuerte, por
una explosión, que
expulsó una bala
que se alojó
al instante en
la rodilla del
empresario. El grito
no se hizo
esperar, pero este
también fue acallado,
sólo que ahora
por la mano
de Claudio que
se prensó en
su cuello y
eliminó las salidas
de aire. Lo
miró a los
ojos, llorosos y
entrecerrados, reconoció el
tintineo del miedo
antes de reconocer
el aroma distintivo
que lo acompaña
siempre, lo golpeó
en la sien
y, juntó con
la voz, se
regocijó por el
dolor silencioso que
se hizo presente,
después lo tomó
por el pelo
y lo hizo
caminar al estudio.
En el
estudio lo obligó
a arrodillarse, una
representación de constricción innecesaria
porque en esa
misa en particular
no iba a
haber ningún perdón
de por medio.
Con tono seco
le dijo -abre
la boca- y
el empresario obedeció,
siguiendo un juego
milenario que se
remite a reconocer
la regla más
sencilla de todas,
el que tiene
el poder no
lo comparte, pero
el que no lo tiene,
el débil, lo
busca, y si
el débil llega
a tener poder
lo va a
usar, lo va
a abusar, lo
va a poseer
y a vestir
como una joya
preciosa y enigmática,
va a someter
a quien tenía
poder antes que
él para usar
su piel como
Hércules usó la
piel del león.
Claudio había encontrado
el poder que
se había negado
toda la vida.
Metió la pistola
en la boca
y violó el
orgullo del empresario
antes de jalar
el gatillo y
desgarrar su vida
y dejar sólo
manchas en la
ropa como muestras
de su existencia.
La voz en
su interior gritó
y se regocijó
cual fiel ante
el conocimiento de
la llegada del
fin esperado y
Claudio sintió una
oleada de placer
desconocida hasta ese
momento, todo su
cuerpo fue sacudido,
y justó cuando
iba a terminar
vio al guardia
que se asomaba
tímido y torpe
y reconoció que
no era un
animal, no era
una creación de
la naturaleza sabia
y moral que
busca los equilibrios,
reconoció que era
una bestia, un
monstruo, un humano,
y que no
conocía, ni podría
conocer límites, que su apetito,
una vez despertado,
sólo podía ser
considerado gula, y
disparó sin misericordia
tres veces, tres
veces sintió la
descarga de placer,
tres veces su
cabeza se saturó
con sus sensaciones
y con las
sensaciones de la voz. Hasta
que llegó la
obscuridad, como un
beso frio de
amor.
Los puntos
de luz, entre
blancos y verdes
nadaron al rededor,
generando un firmamento
a ras de
sus ojos, lo
único que podía
ver, lo único
que podía entender.
Su respiración se
tranquilizo, su corazón
regresó a la
normalidad, sintió las
caricias siempre esperadas
en todo su
cuerpo y durmió
en su obscura
matriz por una
eternidad que fue
el segundo que
le tomó abrir
los ojos para
ver los dos
cuerpos. Estaba solo,
con dos cuerpos
que ya no
podían ser considerados
más que objetos,
sintiendo la vibración
del lugar, y
la de su
cuerpo. Salió antes
de escuchar las
sirenas. El golpe
del viento nocturno
y cálido lo
mareó. Muchas emociones
se habían encontrado
en él en
muy poco tiempo,
la más importante
la de la
muerte, la de
el placer de
la muerte. Claudio
se reconoció como
una persona capaz
de matar sin pretextos, sin
razones. Reconoció que
esa era la
distinción principal; quién
es capaz de
violentar la vida
de otro y quién no,
y es qué,
que es el
ser humano sino
una máquina de
violencia, imparable, insaciable,
que se deleita
-y vive- para
imponer su voluntad
a otros, y
qué es el
asesinato sino la
máxima imposición de
una voluntad ajena
e inapelable, sino
el máximo nivel
de violencia. Un
sabio dijo que
para nacer había
que destruir un
mundo. Para sobrevivir
hay que destruir
muchos más.
Claudio se
movió día y
noche, disfrutando la
persecución, la tensión,
la posibilidad de
la confrontación, de
la captura, de
la muerte, del
punto cero en el que todo es
posible. La caída
libre era ya
lo único que
su mente y
su ser reconocían,
su alma estaba
muy adentro en
el vacío, disfrutando
la ingravidez, la
velocidad (y esperando
el impacto final).
Llegó a
uno de los
márgenes de la
ciudad, uno de
esos puntos que
devoran luz y
escupen miseria, reconoció
las esencias y
los aromas, la
muerte inactiva, latente,
la corrupción de la sangre,
de la carne
y de la
mente, los ritos
diarios de supervivencia, el
apego a la
nada, la degradación
depravada del torbellino
que jala todo
a su interior,
a su centro
y que no
regresa nada, nada
bueno, nada vivo,
sólo víctimas, cadáveres, si
acaso. Claudio se
adentró por seguir
un camino ya
trazado de antemano,
casi seguro de que nadie
lo seguía, que
nadie sabía quién
era, que la
muerte prematura le
había otorgado un
anonimato impenetrable, pero
seguro de que
en ese momento
ese era el lugar
en que tenía
que estar. Así
que caminó entre
las sombras que
se le asemejaban,
excepto por el
fuego interior. Reconoció
el aroma del
sexo, sexo desgastado,
fácil y poco
satisfactorio, pero su
cuerpo y su
mente que se
habían jubilado de
lo carnal gracias
a los preceptos
de la degradación
arrepentida reaccionaron. Vio
su rostro que
fingía una juventud
que su espíritu
calloso no podía
igualar, y la
pereza de su
cuerpo negaba. A punto estuvo
de pensar que
las muertos se
satisfacen con muy
poco pero la
voz regresó, rabiosa,
eufórica -coñiiiitooooo- dijo
en un grito
que mareó a
Claudio por un
segundo -sabes a que huele?
Sabes a que
huele?- preguntó una
y otra vez
la voz, con
una insistencia molesta
e infantil, -sí-
contestó Claudio y
la
niña-mujer-anciana-cadáver
lo vio con
cierta inquietud -huele
a coñito y
no eres tú,
huelo a coño
rancio y dispuesto
quiero quiero quiero quiero quiero quiero- Claudio
hizo la seña
a la mujer
para sellar la
transacción, y las
reticencias desaparecieron rápidamente,
la locura que
exudaba, la mugre,
la sangre, todo
desapareció ante sus
ojos pues el
hambre, el hambre
verdadera y crónica,
el hambre del
desahuciado, no conoce
remilgos. Entraron al
cuarto, un espacio
apenas habitable, con
un colchón apenas
usable. Todo al
rededor era un
indicativo de la
podredumbre interior de
ella, y de
los otros habitantes
de ese lugar.
La vio desnudarse,
con una lentitud
nerviosa que no
hizo justicia a
la experiencia que
su tristeza delataba
una y otra
vez en las
miradas furtivas que
le regalaba. El
miedo y la
pena lo alimentaron,
el silbido animal
de la voz
lo saturó y
lo llevó a
un estado extático
que culminó cuando
se acercó a
ella y la
tocó. La caricia
fue una garra
que se adueñó
de ella, el
acto fue una
imposición de un
poder desbocado sobre
una debilidad sumisa,
incapaz de defenderse,
acostumbrada a los
abusos. Y sin
embargo el acto
despertó algo en
ella, un miedo
primordial que una
vida de pisoteos
no había logrado
despertar, un miedo
que no podría
definir, ni explicarse
a sí misma
o a alguien
más. Claudio no
habló, se acercó
a ella, la
tomó, la voz
en su interior
gritaba y jadeaba
y algunas de
las reverberaciones escaparon
por su boca,
pero ninguna le
pertenecía: Claudio no
era el león
que mata a
los cachorros de
la leona para
forzar un nuevo
celo. Claudio era
el león que
mata a los
cachorros de la
leona porque puedo
hacerlo, porque la
leona observa y
porque la siguiente
víctima de la
agresión desbocada va
a ser la
madre. Entre gritos
internos y jadeos
ajenos Claudio perfeccionó
la garra en
el cuello y
presionó hasta que
eyaculó sangre una
y otra vez.
A un grado
de la desaparición
soltó el agarre
se separó del
cuerpo inerte, carente
de esencia pero
no de vida.
Sus miradas se
cruzaron sin querer
y el león
miró a la
cebra devorada que
seguía respirando, vio
la muerte y
la desesperación danzar
en la sombra
de su mente,
vio el miedo
aglutinarse y superar
las memorias, vio
sus pasos romper
los paisajes imaginarios
que alguna vez
se formaron en
el baldío que
habitaba, todo lo
que un acto
rompió lo vio en una
sola mirada furtiva
y salió a
la calle sin
necesidad de cuidar
sus espaldas, escuchando
el placer ebrio
e incoherente de
su acompañante interior
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