HIdalgo


La tarde noche, las escasas luces de una mole que crece sin detenerse, sin compasión. Hidalgo no puede evitar fijar su mirada en ella, con temor y reverencia, con odio, porque la capital representaba y representa todo lo que está mal con el país. Las hordas de indios y mestizos enardecidos, gritando injurias, esperando la orden para avanzar contra la joya de la corona, sedientos de sangre peninsular y criolla, el mismo Hidalgo la siente, aunque descienda de unos y forme parte de los otros. Entonces, por qué no avanza? la ciudad de los palacios impone, su majestad, su desigualdad, es como si tuviera una esencia más allá de los gachupines que la controlan o de los aztecas que se impusieron antes que ellos, es como si ese lugar fuera eterno, perpetuo, ya sea que haya pirámides e ídolos, o palacios y crucifijos.

Hidalgo no puede separar la vista de ese lugar maldito y deseado y sabe que no podrá avanzar sobre ella, sabe que no podrá consumar su obra destructora, tal vez porqué entiende que en el laberinto que es su país, en el que todos los caminos llevan al centro y ninguno a la salida, la historia no le perdonaría arrasar con el hogar del minotauro. Y pasa frente a él el futuro, pasa frente a él el conocimiento de que nada va a cambiar. En un momento de clarividencia comprende que está acabado, que lo van a capturar y a destrozar, que va a perjurar de lo que hizo y lo que dijo.

Con algo parecido a la timidez (que nunca fue natural en él) da la orden de retirada y sus fuerzas salvajes y primarias, sus fuerzas que están movidas únicamente por la fantasía de la justicia, por la violencia, obedecen sin chistar, obedecen sin reclamos, tal vez porqué han tenido la misma visión.

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