Sombras que persiguen sombras
¿Dónde te atrapará
la gran explosión,
donde te condenará
al olvido, donde
te perpetuará en
la inexistencia? Leo en
las paredes, en
un lenguaje que
no puedes entender
ni ver. La
declaración se me
hace de una
veracidad profética y
provoca en mi
una reverencia que
ejecuto en medio
del gentío. No
me preocupan sus
miradas pues no
existo. Soy una
sombra, la insinuación
de una pesadilla,
soy visible (de
manera tenue) al
contacto con la
luz y luego me desvanezco
para siempre. Me
muevo entre la
multitud con la seguridad
de lo que
no está ahí, de lo
que no puede
ser reconocido, pues
no tengo cuerpo
ni forma, ambas las ofrendé,
todo lo ofrendé.
Los miro, eh ahí los
rostros de posibles
sacrificios, que tu
llamarías víctimas. Pero
no es el
lugar ni el
momento indicado y eluden
el destino. Siguen
su camino, yo
sigo el mio,
más cerca de ti, más
cerca de ustedes,
de las fronteras
y las murallas
que crees que te
(los) protegen, de
las armas que
crees que me (nos)
amedrentan.
Me acerco en
el sigilo de
tu ignorancia y
tu prepotencia. De
tanto negarme me has desterrado de
tu mundo, de tu vida.
No puedes verme,
y si lo
hicieras no me
reconocerías, no puedes
entender lo que
hago, porque lo
hago; no formo
parte de tu
utopía o de
tus esquemas mentales;
soy una anomalía
nacida de los
abusos, de tus
abusos, de tu
poder, de la
lluvia de misiles,
de las balas
y los tanques
que recé para
que desaparecieran, para
que fueran devorados
por el fango
y la selva,
para que decoraran
con su óxido
el desierto. Mi
garganta se calcinó
en un no
sin destinatario al
entender que las
plegarías no tenían
respuesta, o que la respuesta
eran más balas
y más muertos
que para ti
(ustedes) no cuentan,
que con su
sangre alimentan la
tierra que ha
de alimentar más
cuerpos (que han de caer
por sus balas),
desde entonces mi
voz es acción,
pausada y silenciosa,
es movimiento perpetuo.
Me acerco más,
te veo, eres
un monolito infatigable,
omnipresente, que cambia
y se perpetua
en la uniformidad
de un pensamiento
de superioridad que les alimentan
desde la cuna.
A las afueras
de la muralla
que separa lo
cierto de lo
falso, la nada
de tu civilización,
ahí comienza tu
reino, esa es
mi meta. Tal
vez me descubras,
si el velo
con el que
convenientemente te has
cubierto se cae,
pero aun si
me abaten tus
armas sólo pospondrás(n)
lo inevitable, a la hidra
se le corta
la cabeza sólo
para que nazca
otra con más
fuerza, con más
rencor, con más
recursos. Pero estoy
ya tan cerca
y sigues sin
verme, no notas
nada, sólo soy
una sombra, una
borrosa presencia que
va a derrumbarte,
que va a
alimentar el muro
de los lamentos
con otro cadáver
y otro espectro
de llanto, que
va a traer
la guerra y
la muerte a
tu nido, a
tu terruño.
¿Dónde te atrapará
la gran explosión,
donde derrumbará tus
sueños, donde cavará
tu tumba? Te
permito verme, el
viento cálido anuncia
tu final, el
rugido de mi
alma cimbra la
tierra, destruye tu
seguridad. Mi muerte y
tu muerte estaban
escritas, las de
los otros cientos
eran un mal
necesario para generar
la masa crítica,
mi voz, que
es la voz
de muchos, se
ha escuchado, la
tierra arrasada que
queda detrás es
mi regalo para
tu mundo, en el que
no puedo vivir,
y la puerta
de entrada para
ese otro mundo
en el que
dejaremos de ser
sombras (aunque yo,
si acaso, seré
un recuerdo).
*
Yakob bajó
la mirada y navegó su
sombra que se
extendía, enorme, por
el terreno, una
estatua protectora, una advertencia para
los enemigos. Amenazaba
un día tranquilo
pero aun así
cumplió con su
ritual recurrente de
acercar el dedo
al gatillo y
acariciarlo con suavidad.
Al hacer eso
la seguridad lo
invadía y desterraba
por igual miedos
e inseguridades. Levantó
la mirada y
vio venir el
caudal de seres
humanos que día
con día pasaba
por esas puertas,
posibles amigos, posibles
enemigos, ahí se
mezclaban alguien a
quien, llegado el
momento, habría de
proteger y alguien
a quien deberá
eliminar. Los gestos
casi invisibles que
distinguen a unos
y otros a Yacob y
a sus compañeros
de guardia les
resultaban claros gracias
al entrenamiento y la experiencia.
Tres años sin
atentados, al interior
de la ciudad
o en la
frontera (más los
múltiples operativos en
la periferia para
eliminar las células
operativas) les generaron
una sensación de
seguridad que no
los preparó para
el golpe de
calor, para el
temblor que surgió
a unos metros
de ellos, para
la gran explosión
que removió el
caudal constante y
tranquilo, que derrumbó
las sombras de
las estatuas y
que dejó las
puertas abiertas a
la amenaza.
Comments
Post a Comment