Adicción (Cacería Posmo)
El dolor
llegó de pronto,
su mente se
nubló y se
llenó con un
único pensamiento: volver
a comer. Se
incorporó con trabajos,
sintiéndose torpe, lento,
con un sudor
fétido y pegajoso
saliendo de sus
poros. Todo su
cuerpo clamaba por
sangre. Lucio comenzó
a caminar, lento,
pegado a la
pared del almacén
que usaba de
madriguera. Por la
penumbra dedujo que
la noche había
llegado, dio gracias
por eso, pues
su sueño había
sido intranquilo, el
sueño de un
adicto en abstinencia.
Tuvo que detenerse
varias veces antes
de llegar a
la ventana que
le servía de
acceso y al
llegar sólo supo
derrumbarse y contemplar
la ventana. Sabía
que tenía que
esperar. Él se
lo advirtió, bueno,
no se lo
advirtió, le informó
que la sangre
era una adicción,
la peor de
todas porque carece
del espacio intermedio
que es puro
placer y diversión.
Lo bueno es
que Lucio conocía
de adicciones, tres
años peleando con
la heroína, así
que sabía que
no quedaba más
que esperar, el
dolor amainaría, su
mente se aclararía
un poco y
podría alimentarse, eventualmente.
Un par
de horas pasaron
con Lucio acurrucado,
contemplando por el
ventanal como la
oscuridad se iba
haciendo más densa.
Tratando de obtener
un calor corporal
que ya no
le era necesario,
pero extrañaba, sufriendo
desvaríos y momentos
de irrealidad. Repitiendo
el dolor de
la transformación en
el dolor del hambre, pasando
por los recuerdos
de lo que
ya no sería como flagelos
mentales, aunados a la tortura
física. Hasta que la pax
llegó, sus músculos
se distendieron. Le
costó reconocer que
lo peor había
pasado, de momento.
Se hizo consciente
de lo fétido
de su aroma,
de que se
sentía cansado y
de que el
ventanal parecía muy
alto, lejano incluso.
Sintió que el
dolor regresaba y
comenzó a trepar
por miedo a
perder su fuerza
y quedar atrapado
otro día.
La noche
resultó cálida. La
briza, saturada de aromas,
lo desconcertó. Se
dejó caer del
ventanal, intentó poner
orden en sus
ideas y encontrar
un camino por
los aromas nocturnos,
pero el dolor
estaba regresando. Recordó
la heroína, las
inyecciones, el flujo
por sus venas
y como todo
lo demás perdía
importancia hasta desaparecer.
Su vida se
regia por la
velocidad en que su cuerpo
necesitaba una nueva
dosis y era
lo único que deseaba. La
necesidad de la
sangre resultó peor.
Incapaz de hacerse
de un camino
dejó que el
instinto lo guiara.
Varias veces se
encontró con su
reflejo, otra sombra
de la miseria
en una ciudad
rebosante de éstas.
De pronto
la necesidad se
hizo más fuerte,
más apremiante. Personas,
decenas de ellas,
haciendo sus vidas,
dejando rastros, invitándolo
a seguirlos, y
es lo que
hizo. Eligió a
un hombre, no
más de treinta
años, probablemente menos.
Lo siguió de
lejos primero, consciente,
pese a la
necesidad, de que
no podía hacer
nada a la
vista de todos,
pero acercándose cada
vez más, demasiado
atraído por su
aroma pesado, incluso
agrio. Dieron
vuelta, la presencia
de Lucio se
hizo imposible de
disimular. Al saberse
seguido el ritmo
cardiaco del hombre
aumentó, las reacciones
biológicas en su
cuerpo fueron fuertes,
y obvias. La
fuerza de los
latidos del corazón,
el sudor, la
adrenalina saturando e
intoxicando la sangre,
casi obligan a
Lucio a lanzarse
sobre él. Logró
controlarse, pero se
sintió incapaz de
disimular, siguió tras
su elección, un
poco más rápido,
un poco más
cerca, obligado por
las reacciones biológicas
propias. El hombre
se tensó más,
su mente se
fue a los
elementos primordiales, correr,
esconderse. Aceleró el
paso, dio vueltas por
las calles, se
sintió perdido y
finalmente, al verse
sólo, ligeramente aliviado,
aunque aun nervioso.
Lució lo
vio dar vuelta.
Un ataque de
dolor lo hizo
perderlo de vista,
pero se había
grabado su olor,
su calor corporal,
no había forma
de perderlo. En
cuanto pudo lo
siguió de nuevo,
lo vio acelerar
el paso, casi
correr, dar más
vueltas y finalmente
detenerse, cuando sintió
cierto alivio. Ahí
Lucio reconoció su oportunidad. Logró dominar
la tensión y
el temblor, se
movió con rapidez.
Lo tomó por la
mandíbula, sin querer
se la dislocó,
lo arrastró a
la sombra, tensó
su cuello, desgarró
con la garra
del pulgar y
comenzó a alimentarse.
El corte fue
muy grande, muy
profundo, la sangre
comenzó a manar
locamente, a caer
por su cuerpo
hasta que se
acomodó y logró
que casi todo
el flujo pasara
por su boca.
Al principio sólo
sintió más ansia,
más deseo, creyó
reconocer que se
volvía loco al
ver el flujo
manar con tanta
fuerza. Después pensó
que le hubiera
gustado escucharlo gritar
mientras se alimentaba.
Pero terminó perdiéndose.
Sus pensamientos se
difuminaros. Sus deseos
se fundieron en
la sensación de
la sangre pasando
por su garganta,
en la vida
cambiando de dueño.
La tensión de
los músculos, el
corazón latiendo desbocadamente para
después tomar un
ritmo lento y
agónico.
Dejó de
alimentarse antes que
el corazón dejara
de latir. Lo
dejó caer y
sus ojos se
cruzaron un momento.
Lo observó desangrarse.
El mareo que lo inundó
fue completamente distinto
a los anteriores,
eufórico, mucho más
fuerte, intenso en todos los
sentidos, un orgasmo
post-alimento. Gritó, incapaz
de controlarse, la
sangre brotó de
su garganta, volvió
a gritar y
luego río. Todo
era demasiado fuerte,
demasiado vívido, los
colores del cielo,
de la ciudad.
Los ruidos, los corazones
palpitando, las conversaciones, la
vida de la
ciudad.
Y lentamente
las cosas volvieron
a su cause.
Los colores, los
olores, los sonidos
salieron de su
mente y regresaron
a la realidad.
Todo recuperó su
importancia y tamaño
real. Lucio se
incorporó. El mundo
seguía girando, y
a él no
le importaba. Su
existencia y la
importancia que las
cosas tenían en
ella se regían
por su necesidad de
alimento, que de
momento estaba saciada.
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