Demisterios
Mientras Juanantonio
cruzaba la puerta
de la escena
del crimen una
pequeña voz en
su interior maldijo
la mala suerte
pero no le
hizo caso. Dos
pasos en el
departamento y se
encontró con lo
que lo había
llevado ahí, sintió
repulsión, al ver el cuerpo
desmembrado y las
manchas en las
paredes, pero ésta
fue a hacer,
rápidamente, compañía a
la voz en
su interior, y
tomó su lugar
la decepción, una
decepción dos veces
más fuerte porque
no sólo no
encontró lo que
buscaba sino que
se dio cuenta
muy rápido de
que no estaba
ahí. Ese descubrimiento lo
hizo desentonar con
el extraño furor
del resto de
los presentes, que
recorrían el pequeño
departamento buscando claves
que los llevaran
al asesino. Todo
era tan similar
a los montajes
anteriores: la sangre, la
violencia irresponsable contra
la víctima; que
le pareció que
no tardarían en
encontrar al asesino, excepto
que ese asesino
no iba a
ser el suyo,
y eso resultaba
más molesto aún.
Harto de
hacer el papel
de detective interesado
dejó el lugar,
seguro de que
sus compañeros, o
las noticias, le
informarían de los
hallazgos. Con su cabeza trabajando
al rededor del
verdadero misterio, de
lo que no
había ahí, que
sólo tres personas
conocían y le
permitía descartar fácilmente
los crímenes, se
dirigió a casa.
Al llegar, lo
primero que hizo
fue tomar una
cerveza, que pese
a los apagones
se conservaba fría,
bien fría -porque
no vale la
pena tomar una
cerveza de otro
modo-. Con la segunda
cerveza en la mano
se concentró en
la información del
caso, o casos,
dependiendo de la
perspectiva. Al adentrarse
en las fotos
y en los
reportes forenses un
malestar difícil de
descifrar ganó fuerza,
tanta, que terminó
por lanzar la
botella de cerveza contra la
pared. En cuanto
el cristal reventó
se arrepintió de
su acto de
teatralidad, se jaló
el pelo con
frustración, intentó concentrarse
en lo que
estaba frente a
él pero no
pudo. Los criminales
le molestaban, y
de todos, los
asesinos seriales estaban
casi en la
cima. Los imitadores,
eran los que
ganaban ese dudoso
concurso de impopularidad, y
en los papeles,
lo que más
había, al grado
de la vulgaridad,
era imitadores. Los
primeros tres asesinatos,
todos atribuibles al
asesino original, se
habían dado en
el lapso de
dos años, el
último de estos,
captó la atención
de la prensa
y la opinión
pública. Nueve muertes
en menos de
un año fue
el resultado de
esa fascinación. De
todos, sólo uno era
imputable al asesino
original, o al
menos esa era la opinión
de Juanantonio, los
otros eran imitaciones,
producto de cuando
menos dos personas
distintas, eso era
lo que las
particularidades de las
escenas le indicaban,
también le indicaban
que al menos
uno de esos
imitadores, el más
productivo, y tal
vez por lo
mismo el menos
meticuloso, no tardaría
en caer, sería
presentado como el
autor material de
todos los crímenes
y se cerraría
el caso, a
menos que los
otros imitadores quisieran
su dosis de
fama -razón principal
de la existencia de
imitadores de asesinos
seriales- o que el asesino
original sintiera la
necesidad de volver
a actuar. Entonces
la televisión, la
opinión pública, y
sus superiores se
lanzarían a su
yugular, presionando para
apresurar un trabajo
que se sustenta
en el análisis
y la capacidad
de esperar. Toda
la situación, y
todos los posibles
escenarios le resultaban
molestos, pero el
peor de todos
era que el
verdadero asesino se
sintiera saciado. No
poder capturarlo, por
alguna razón, lo
hacía enfurecer. Horas
y horas pasaron,
su mirada siempre
en las fotos
y en las
descripciones, hasta que el agotamiento
llegó, primero por la espalda,
luego a los
párpados que se
cerraban violentamente. y
de ahí, de
alguna manera, a
las piernas, que se negaron
a sostenerlo cuando
intentó pasar a
su recamara, lo que lo
obligó a caer
dormido encima de
su trabajo y
soñar -tal vez
por osmosis- con
sangre y cuerpos
mutilados.
+
La semana
pasó entre papeleo
y juntas, entre
conferencias de prensa
y saturación mediática
-llena de buen
intencionado amarillismo-. Si
los asesinos seriales
cobraran regalías, el
descuartizador andante se hubiese
hecho rico únicamente
con el movimiento
mediático de su
nombre en la prensa en
esa semana. El
epíteto, que a
Juanantonio molestaba sobremanera,
surgió casi por
error, y estuvo
a punto de
desaparecer en la
marea de publicaciones
locales de baja
calidad, pero un
noticiario nacional, buscando
siempre noticias de
primera, rescató el
nombre, dio cinco
minutos de fama
al autor, y
un nombre pegajoso
y comercializable al
asesino más famoso
y escurridizo que
el país había
dado. Lo intricado
del caso, sumado
a la virulencia
mediática hicieron que el apoyo
extranjero llegara y se fuera,
pues ninguna fuerza
policial, de ningún
país, se podía
dar el lujo
de prestar expertos
sin obtener resultados
que presumir en casa.
La nueva
ola de fascinación
se debió a
la inminente captura
del Descuartizador andante.
La última escena
del crimen había
dado las pistas
necesarias para encontrarlo,
demostrando que la
desesperación -el ansia
de satisfacer lo
que fuera que
lo obligaba a
asesinar- se había
impuesto a la planeación
que lo había
caracterizado. Las oficinas
del departamento de
investigación se convirtieron
en un salón
de fiestas, todos
estaban eufóricos, aun
cuando los descuidos
del departamento permitieron
que se filtrara
información que convirtió
una captura rápida
en una persecución.
Aun así todo
estaba hecho, y
los policías dieron
el caso por
cerrado. El asesino
en serie resultó
ser un hombre
de 43 años,
técnico de computadoras.
Sólo Juanantonio
rompía con la
dicha, habían agarrado
al asesino, pero
no capturaron al asesino
y eso, para
él, se traducía
en una frustración
mucho peor de
lo que había
sospechado. Y a
eso había que agregar dos
cosas más, los
que participaron en
las pesquisas fueron
convertidos en los
héroes nacionales del
momento, tanto así
que el Presidente
les iba a
dar medallas a
todos. La otra
cosa que resultaba
molesta es que,
su jefe, consciente
como él que
a quien habían
detenido no era
el asesino original, le
había pedido, suplicado,
y luego ordenado
categóricamente que se
callara la boca.
+
Juanantonio
pidió vacaciones y
le fueron concedidas.
Como ocurre con
la mayoría de
los investigadores, se
obsesionó con el
caso, nunca dejó
de pensar en el Descuartizador andante
y su tiempo
libre lo aprovechó
para centrar su
atención en el
caso, en las pruebas, dejando
pasar las múltiples
invitaciones para discutir
el caso en
los medios de
comunicación.
Su departamento
no logró hacer
la transición de
modalidad investigación intensiva
a modalidad calma.
Los registros, las
declaraciones, los reportes
y las fotografías
se encontraban desperdigadas
por el piso
y los muebles.
A simple vista todos
los crímenes eran
similares, extrema violencia
contra el cuerpo
de la víctima,
mucha sangre y desorden,
así como indicios
de canibalismo. Había
diferencias que en un principio
parecieron ser importantes
pero que después demostraron
ser parte de
las similitudes; una
victima era hombre,
la otra mujer,
en algunos casos
se acercaban a
la vejez, en
otros apenas salían
de la adolescencia, un
lugar se encontraba
en una zona
residencial y otro
rallaba en la
miseria. En todos
había televisión, casi
todos tenían computadora
y conexión a
internet; sorprendentemente en
todas se encontraron libros,
cuando menos uno. Lo que
fuera que el
asesino original buscaba
en sus víctimas
no era fácil
de discernir, no
se encontraba ni en el
sexo -en el
que las mujeres
como víctimas están
sobre-representadas- ni en
el status social,
ni en las
características físicas. Los
imitadores fueron fieles
a esta ausencia
de tipo ideal.
Durante la
investigación se habían
centrado en la
violencia y en
las heridas para
intentar separar al
original de los
imitadores. Fue después,
en el último
crimen del asesino
original que Juanantonio
cayó en cuenta
que los libros
eran importantes, más
aún, en qué libros
eran importantes, aunque
no le quedaba
claro el porque.
Songs of
experience y Songs of
Innocence de William
Blake, en ingles,
no en español.
La razón no
fue clara en
un comienzo pues
no sabía nada
del autor. Haciéndose
de valor, y
poniendo su obsesión
por encima de
todo lo demás
recurrió a un
conocido de su
ex-esposa -ex-pareja sería
una mejor definición ya
que nunca se casaron-.
Después de muchas
explicaciones logró una
entrevista con el profesor
de literatura inglesa,
hablaron de la
importancia del autor
y los libros,
y de la
relación entre ellos.
Fue el profesor
-de quien alguna
vez pensó que
se acostaba con
su ex-mujer- quien
lo encaminó a
los poemas The tiger y The lamb
y le ofreció
su particular hipótesis
de que un
poema era espejo
del otro.
Juanantonio se
hizo de una
ejemplar de cada
libro y se adentró en
ellos con resultados
nulos, primero porque
su inglés estaba
un tanto oxidado,
y segundo porque
no sabía que
buscar, y dar
palos de ciego
no es la
mejor estrategia de
búsqueda, ni la
más fructífera. Juanantonio pasó
sus vacaciones leyendo diariamente
los poemas y
regresando constantemente a la investigación
sin lograr nada.
+
Su primer
día de vuelta al
trabajo Juanantonio Lo
pasó con su
copia de Songs of
experience aunque no la
necesitaba para recordar
el poema In what
distant deeps or
skies burnt the
fire of thine
eyes? On what wings
dare he aspire?
What the hand
dare seize the
fire?… de hecho
Juanantonio se encontró
recitándolo una y otra vez.
Fue una
suerte que ese
día no fuera
más que de
trabajo de oficina
pues su dispersión
hubiese resultado peligrosa
de cualquier otra
forma. Regresó a
su departamento, pasó
con todo cuidado
por el pasillo
minado de fotografías,
reportes y análisis
de poemas. Durante todo el
día su mente
se movió al
rededor de esos
temas And what shoulder
and what art
could twist the
sinews of the
heart? Los poemas
y los asesinatos
se convirtieron en lo único
en que podía concentrarse And when
thy heart began
to beat, What
dread hand and
what dread feet?
Al tercer
día decidió dejar
de ir al
trabajo, su mente
no podía digerir
nada que no
estuviera relacionado con
los casos Little lamb,
who made thee? Dost thow
know who made
thee? Gave thee
life, and bid
thee feed con cada
día se sentía
más seguro de
que su hipótesis,
aunque incompleta, era
la correcta: los
asesinatos, los originales
cuando menos, tenían
que ver con
los libros, más
aún, con los
poemas Gave
the clothing of
delight, softest clothing,
woolly bright, gave
thee such a
tender voice el
problema es que
no podía explicarse
como o porque,
y las constantes
revisiones de las
escenas del crimen
y de los
poemarios en realidad
no le ayudaban,
los cientos de
hojas con esquemas
e ideas tampoco
sirvieron de nada.
El misterio no
parecía dispuesto a
ser debelado.
+
El teléfono
sonó constantemente durante días,
la contestadora estaba a
reventar con mensajes
que comenzaban siempre
de la misma
manera -Juanantonio…- y
seguían con variaciones
que llevaban a
la preocupación de
sus conocidos ¿donde estás,
como estás, estás
bien? Algunos expresaban
su preocupación de
manera menos formal
pero igualmente efectiva
cual es
tu puto problema,
quien deja el
trabajo de esa manera,
más vale que
algún narco te
haya descuartizado. Su
jefe, sus amigos
-incluso su ex–mujer-
mostraron su preocupación
en más de
una ocasión. Juanantonio
conocía muy bien
la rutina, sabía
lo que seguía
y que no
lo iba a
soportar, ya bastante
difícil resultaba el
sonido del teléfono
-que nunca se
le ocurrió desconectar-,
los apersonamientos de
esas personas hubiesen
resultado insoportables, así
que por eso decidió desaparecer
hasta descifrar el
misterio, lo que
sentía que no
tardaría mucho. Pasó
por alto las
señales de alarma
de su cerebro,
que le indicaban
que estaba transitando
por otro camino,
uno que, aunque
no había vivido
personalmente, conocía a
la perfección porque
otros, cercanos a él, lo
habían recorrido, y
porque siempre les
advertían sobre eso;
la obsesión con
el trabajo, un
tema se había
apoderado de él
y fue incapaz
de darse cuenta,
o de pelear.
Para cuando salió
del departamento con
una muda de
ropa, los libros
y los documentos
de la investigación
ya se había
perdido por completo en
el abismo. Se
registró en un
hotel de la
periferia de la
ciudad por una
semana, seguro que
no necesitaba más
que eso, estaba
a punto de
dar con la
clave, lo sabía…
todos los detectives, los
investigadores, que han
caído a ese
abismo, lo saben,
siempre, sólo es
un paso más,
unos días más
de esfuerzo. la
naturaleza de un buen
investigador debe incluir
una buena dosis
de obsesión, debe
haber algo de adictivo en
su personalidad. Pero
también debe haber
mucho autocontrol para
que esa obsesión
no los carcoma.
Juanantonio dispuso
las fotos del
último asesinato atribuible
al asesino original
sobre la mesa,
se sentó y
sacó los libros. Se
sentía seguro de
que no faltaba
mucho para que
el enigma se
descifrara. Abrio Songs
of innocence y
comenzó a leer Little
lamb, I’ll tell thee,
Little lamb, I’ll
tell thee. He
is called by
thy name, for
He calls Himself a lamb la tension de saberse cerca
se apoderó de
él He is meek,
and He is
mild… We are
called by His
name, Little Lamb,
god bless thee! Juanantonio siempre
había leido los
poemas en orden
cronológico, inconsciente de
que la ley
divina que lo
rige todo impone
que no es
necesario el tigre
para que exista
el cordero, pero
que sin la
existencia del cordero
el tigre no
tiene razón de
ser When the
stars threw down
their spears, and
water’d heaven with
their tears. Did he smile
His work to
see? Did he
who made the
lamb make thee? Juanantonio sintió
algo muy cercano
a un orgasmo,
un mareo poderoso
y agradable se
apoderó de él,
la solución estaba
a un paso.
De hecho, estaba
dos pasos atrás.
Una respiración pausada
y un deseo
intenso y frio
centraban su mirada
en la nuca
de su nueva presa.
Algo semi-humano y
semi-animal, algo divino
volvía a romper
con la cadena
de dominio que
regía el mundo
desde hace milenios,
ese algo venía
a poner al
cordero en su
lugar. Tiger, tiger, burning
bright, in the
forest of the
night, What immortal
hand or eye
dare frame thy
fearful symmetry?
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