Corvus
Se lee
en el poema
de Poe que
el cuervo entró
a su cuarto,
se posó sobre
el busto de
Palas y atormentó con
su presencia al
sufriente protagonista, con su presencia
y sus palabras
“nunca más” sencillas
y misteriosas, “nunca
más”, el protagonista
se interrogó e
interrogó a la criatura hasta
que al final
del poema cae
en la respuesta
que es clara
para todos desde
un comienzo: “nunca
más” se refiere
a la paz
espiritual que nunca
más ha de
regresar, pues el
cuervo es la sombra
del pasado, sus alas son
el manto de
lo perdido, y
su graznido sólo
puede significar lo
que Poe pone
en labios de
su protagonista, pero
que él ya
sabía y proyecta,
porque el cuervo
lo había acompañado
toda su vida.
La noche es
la vida atormentada,
interminable que el
culto a la
inteligencia no supera,
que de hecho
alimenta en laberintos
complejos, desquiciantes, con
muros de recuerdos,
de memorias, con
caminos de teorías,
de escenarios alternativos
que no hacen
más que alimentar
el dolor y
el encierro de
una realidad que
no se puede
alterar con los
desvaríos de la
mente, de un futuro que
se extiende infinito
en esa noche
negra, brillante, como
el plumaje de su emisario.
El protagonista del
cuervo se pierde
en la locura
bajo la mirada
de la bestia.
Poe se perdió
en la locura, escuchando el
aleteo y los
graznidos del pasado,
de cada decisión
errada, y proyectarnos
la verdad, ni
exorcizarse en sus
creaciones le sirvió
a él, ni a nosotros.
El cuervo
es el ave
de la muerte
y de los
muertos en las
mitologías, de la
guerra en las
leyendas, su canto,
si es que
se le puede
llamar así al
ruido enloquecedor que
surge de él,
induce miedo en
la mente y
frío en el
alma. En un
cuento moderno revive
a los muertos
con sus negras
artes para que cobren
sus deudas, lo
que lo convierte
en el ave de la
venganza. Es también
el ave del
mal agüero, y
según una novela
de aficionado, el
portador de las
malas noticias divinas.
Es el monstruo
de nuestros sueños.
Un ala nos
recuerda constantemente los
cadáveres que hemos
querido olvidar, los
monstruos que nos
negamos a recordar;
la otra nos
avisa apenas con
tiempo de verlo
venir, pero sin
capacidad de evitarlo,
los males que
nos asechan delante,
que se agazapan
y esperan para
destruirnos. Su vuelo
nos postra si
conocemos sus secretos
porque nos hunde
en un remolino
de miseria del
que no podemos
escapar.
El cuervo
es el demonio
que devora nuestros
cadáveres mientras dormimos
para comprender lo
que tememos, para
usarlo contra nosotros.
El cuervo se
alimenta de los
ojos de los muertos para
así ver el
futuro y burlarse
de nuestro infortunio.
Grita la inamovilidad
del pasado, la
inevitabilidad del futuro
en reverberaciones que
mueven tormentas.
Ellos están
afuera, me esperan
en hordas, gritan
insultos y maldiciones
en su lengua
primitiva y olvidada,
blasfemias contra todo
lo humano. Rodean
el lugar que
habito, que ya
no puede ser
llamado hogar, sobrevuelan el
área constantemente para
dejarme sin luz,
para matar mi
esperanza.
Yo los
espero, los cazo,
robo sus plumas
y escribo versos
desesperados con su
sangre convertida en
tinta. Les devuelvo
el favor y
como sus restos
para infiltrarme en
sus sueños y
encontrar sus miedos.
Pero su carne
es dura y
sus corredizos crueles,
y su muerte
sólo alimenta la
desesperación de mi
vida. Me postro
en la ventana
como desafío, busco
sus ojos, cualquier
par de los
millares que aguardan
por un descuido
de mi parte,
hablo conmigo, hilo
oraciones que ya
no soy capaz
de entender y
me desespero al
comprender que van
a ganar, que
sólo tengo una
vida y se
me está acabando,
que ellos tienen
la eternidad. Mi
cielo se conforma
de destellos de
azul, gris y
blanco que se ven
de manera esporádica
entre el manto
negro brillante, no
amerita ser visto.
Corro las
cortinas, me refugio
en el interior
de mi morada,
estómago de titán
que ha olvidado
digerirme, tumba amplia,
llena de recuerdos
vacios que no
me dicen nada.
Me entierro en mis libros
y mis apuntes,
en busca de
un conjuro, de un hechizo
primigenio, una plegaría
que haga cambiar
a Dios de
opinión y los
borre de la
existencia. Las balas,
el fuego y
las trampas de
nada han servido,
no importa cuántos
caigan, por cien
que robe al
vuelo mil los
remplazan en el
firmamento. Como todo
buen hombre, cuando
la ciencia falla,
cuando el valor
se carcome, recurro
a la superstición,
a la fe,
me pierdo en
los arcanos más
obscuros, para acabar
en el mismo
callejón sin salida.
Para cubrirme más
y más, hasta
que el peso
es insoportable, en
la inevitabilidad de
mi fin y de
su victoria.
La tentación
es muy grande,
la comezón se
hace fuerte, insoportable,
me domina, pero
su sangre se
ha agotado y si acaso
me quedan algunas
de sus plumas
con filo. Me
abro las venas
para poder escribir,
para transmitir mi
depresión, para escapar
de mi huida
al interior. Mi
sangre y la
suya no corren
de manera similar,
manchan distinto, pero
sirven al mismo
fin y se
juntan en las páginas blancas
y sucias, muestran
los desgarros de
mi mente con
la imprecisión de
mi mano. Escribo
hasta que no
puedo más, mis
ojos se cierran,
el aliento me
falta, mi mente
divaga en dirección
de su escándalo
festivamente mortuorio. Me
convenzo a mi
mismo de que
al fin y
al cabo es
una buena idea,
la mejor que
he tenido.
Toco la
pared y los
adivino del otro
lado. Antes de cruzar siento
la lascivia de sus miradas
convertida en acción,
el viento agitado
por sus alas,
sus plumas rosarme
con un amor
cruel y asesino,
sus picos entrar
una y otra
vez, reconocer que
todos mis miedos
ya fueron devorados
en mis sueños,
pero seguir picando,
seguir comiendo, cubriendo
el cielo…
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